Opinión | Un mundo inseguro
Matamos perros
El ejercicio es sencillo, basta con añadir varias exclamaciones a esa frase y pronunciarla a voz en grito. El anuncio debe hacerse sin rastro de conmiseración. Es un grito de júbilo, que quede claro. La expresión exultante del deseo cumplido. Ahora, imagina un contexto. No hay situación agradable para que esa frase sea pronunciada del modo descrito, estamos de acuerdo. Ni siquiera la matanza de unos bichos rabiosos invita a la carcajada. Te propongo un cambio de perspectiva: eres un niño, una niña de ocho años, trata de recordarte a esa edad. Y, ahora, mira, siente. Acaban de matar a tus padres y tus hermanos pequeños. Un milagro te ha salvado de las balas. «¡¡¡Matamos perros!!!», gritan los asesinos mientras te patean con sus botas.
Hace más de 2.500 años, el filósofo Heráclito utilizó la metáfora del río para transmitir la idea de un mundo en constante transformación. Nunca se puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni la persona ni el río serán los mismos, afirmaba. Es bueno aceptar que la vida está sometida a una transformación constante. Otra cosa es resignarse a las alteraciones asesinas. Y no, no estoy hablando de la muerte. Aún. Me refiero a algo más cotidiano, más próximo: las palabras. Si el habla es un río, las aguas se están convirtiendo en un líquido tóxico que no deja de emponzoñar las tierras que lo acogen y las personas que lo atraviesan. Su efecto penetra la piel hasta instalarse en el cerebro, infectando el pensamiento, irritando las emociones.
«Enfermos y dementes», «desastre cognitivo», «completamente inepta y vergonzosa», «sumamente incompetente»… Estos son algunos de los calificativos que Trump ha utilizado últimamente para denigrar instituciones, políticos o profesionales. No es el único. La degradación del lenguaje impregna la retórica ultra y las redes hasta alcanzar el debate público. Su efecto no solo altera las aguas, sino que transforma a las personas. La excitación de la agresividad, la amplificación del miedo, la tentación del victimismo, la atracción del exhibicionismo… Se desprecia la verdad y el conocimiento, se huye de la mesura, de la corrección, y se ahonda en el hostigamiento y la simplificación, eliminando la complejidad y los matices del debate.
«¡Matamos perros!», gritaron los soldados israelíes al acribillar el vehículo de una familia palestina. Esa es la escena del mal del mundo. El gobierno de Netanyahu ya solo vive para la guerra. Matar y matar. Arrasar y arrasar. Una política que, sin embargo, no supo proteger a los israelíes el 7 de octubre de 2023, que les desampara al convertirlos en cómplices de genocidios, guerras y abusos, y que les educa en el miedo, el odio y la arrogancia. Cualquier crítica deviene un ataque existencial. Y la memoria del Holocausto, escudo y parálisis. Como si no hubiera nada que aprender de las condiciones que lo hicieron posible. Hoy, Trump y Netanyahu han hecho al mundo más inseguro y el futuro más incierto. Al contrario de lo que proclaman, el poder de la fuerza, la indignidad y la soberbia solo genera desprotección.
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