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La cena de los sabios
Decía Santos Discépolo en su famoso tango que el siglo XX fue un cambalache. Pero esta década que nos ocupa, de la que ya nos hemos comido su mitad, sale indiscutiblemente mal parada en su comparación con la de la centuria pasada. Nada, pues, de emular a los felices años veinte.
Sin lamerse las heridas, sirva la proyección de algunas efemérides de aquellos años para tomar impulso en estos tiempos zozobrantes. En mayo va a cumplirse un siglo del único Congreso Mundial de Geología celebrado en España -para que luego veamos lejano el retorno a nuestro país de Eurovisión-. Resulta altamente ilustrativo el contexto histórico científico de aquel congreso: Alemania volvía al redil de la comunidad científica después de haber sido excluida del anterior, celebrado en Bélgica, como nación perdedora de la I Guerra Mundial.
No fueron muy descollantes las aportaciones científicas de ese congreso, pero fue el que hasta la fecha albergó mayor número de participantes (722), procedentes de 52 países. La ciencia geológica aún vivía de la resaca de superar las teorías del neptunismo (las rocas se formaron por la sedimentación en un océano antiguo) y del plutonismo (el material geológico respondía a la actividad de los volcanes). Hacía menos de una década que Wegener había formulado su teoría de la tectónica de placas, un tiempo insignificante, máxime cuando actualmente aún se hacen fuertes los terraplanistas. Incluso las corrientes mayoritarias de británicos y estadounidenses quisieron refutar la hipótesis del alemán Alfred Wegener, en una clara demostración de que los yanquis no siempre tienen de su parte la razón. Fue el tiempo del colonialismo africano, y de pisar el acelerador con la explotación de sus yacimientos. De las 122 ponencias presentadas en el congreso, solo una se dedicó al petróleo. A pesar de que los indios Osage de Scorsese ya se bañaban en la siniestra alegría de sus pozos petrolíferos, aún se tardarían doce años en cantar eureka en las prospecciones del golfo Pérsico. Ormuz era por tanto un indómito paisaje atravesado por los dhow, esas embarcaciones de vela triangular que nos entroncan con las aventuras de Simbad el Marino.
España jugaba en casa en ese congreso. Y se notó. El 60% de las comunicaciones fueron presentadas por compatriotas. De hecho. Antonio Carbonell, jefe del distrito minero de Córdoba, fue el que encabezó ese ranking. Se impulsó la elaboración de un mapa geológico nacional, tarea con la que íbamos retrasados respecto a países de nuestro entorno. Las buenas intenciones de elaborar esos mapas a escala 1:50.000 tuvieron que reconsiderarse porque al ritmo de las publicaciones parciales se habrían necesitado 161 años. La configuración nacional a esta escala no se alcanzó hasta 2003.
Pero quizá lo más relevante de aquel congreso fueron las 16 excursiones de campo, una de ellas a la Subbética cordobesa, para comprobar ese paisaje kárstico que, con los últimos temporales, ha puesto en jaque al pueblo de Grazalema. Se visitó el Picacho de Cabra, en cuya cima se tremolaron las banderas de los países participantes.
El 15 de mayo de 1926 tuvo lugar en el Instituto Aguilar y Eslava de Cabra la que pasó en la historia local como la Cena de los Sabios. El menú incluía, entre otros platos, un consomé perla, ternera al horno y judías salteadas. Un sentido homenaje a esos congresistas que traían un golpe de ciencia a una España atrasada. En el Picacho puede observarse una fotografía de aquellas excursionistas, ellas con un sombrero cloché. Una fotografía y un congreso que da para muchas historias y que, particularmente, fue la fuente de inspiración de mi última novela.
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