Opinión | Calma aparente
Temporada baja
Irse unos días a la playa y desconectar de la rutina es algo que se presume bueno, sobre todo para alguien que estrena paternidad, luto paterno o ambas cosas a la vez, por eso nos fuimos, sin pensarlo demasiado, obedeciendo a esa lógica de origen desconocido, a la playa de San Juan, en Alicante. Luego llegué a la costa, interpreté un rato el papel de hombre melancólico absorto en el rugir de las olas del mar y, finalmente, terminé teniendo ganas de lo mismo de siempre; ciertamente, la tontería viaja con uno vaya donde vaya. Aunque también le damos demasiada importancia a los escenarios, cuando somos los mismos en Montilla o en Berlín. En cualquier caso, instalados ya en el apartamento, le encontré un sentido a mis días de playa: observar cómo se vive en un lugar diseñado para el verano durante el invierno. El reporterismo inútil es un pasatiempo inmejorable.
Lo primero que comprobé fue que quienes viven en la playa en temporada baja son personas obstinadas. Aunque las rachas de viento superen los cincuenta kilómetros por hora y la temperatura sea de diez grados, el veraneante eterno sale en bañador y chanclas a la calle. Lo suyo es un acto de fe ajeno a las circunstancias climatológicas, un delirio disfrutón. En cuanto a los desayunos, observé que todo eran brunch carísimos, perfectos para los beneficiarios de las Golden Visa (hasta el año pasado, se concedían permisos de residencia a los que invertían en inmuebles de más de medio millón de euros, y la playa de San Juan fue uno de los lugares más demandados de España); además, destacaba un perfil sociológico, el de las rusas solitarias, vestidas con ropa deportiva, con una esterilla de pilates a un lado y un bebé, nunca un marido, al otro. La nacionalidad se intuía por el acento, puesto que los rasgos eslavos habían sido arrasados por la modernidad global; es decir, todas habían optado ya por los labios y los pechos hinchados al estilo patata caliente del Grand Prix. Por otro lado, no había que reservar en los restaurantes para comer con vistas; los paseos no estaban contaminados por el bullicio ni por mascotas desquiciadas; la playa estaba despejada, sin una trinchera de sombrillas impidiendo ver el mar, y la arena, el mar y el cielo constituían una paleta de colores cautivadora a cualquier hora del día.
Comprendo que tanta gente quiera vivir o veranear allí. La lástima es que el turismo masivo y la corrupción estén moldeando la esencia del lugar, imponiendo lo excesivo y lo hortera. En temporada baja aún pueden atisbarse sus bondades. Lo malo es que casi me resfrío.
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