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Opinión | Tribuna abierta

Parlamento de Andalucía: la amabilidad también es un servicio público

Apenas un año después de dejar la universidad, ya como parlamentario, una funcionaria —creo que encargada del Diario de Sesiones— me planteó una duda tan insólita como precisa: si el calificativo que había usado al aludir al presidente de Castilla-La Mancha iba con “g” o con “j”.

—Con “g”, por supuesto —le contesté—. Me refería a los nuevos devotos que Emiliano García-Page había sumado en la derecha andaluza. Lo resumí con un juego de palabras involuntario —“son los nuevos Pageros (con ‘g’)”— y, para evitar el previsible estupor y la guasa que trae una letra equivocada, si no recuerdo mal, pedí en la propia sesión que se retirara el término.

Esta anécdota dio pie a una de tantas conversaciones de pasillo que, en esta legislatura, he compartido con los trabajadores del Parlamento. Son profesionales eficaces y, además, personas de una amabilidad poco común; una cortesía que se agradece especialmente cuando el debate público se contamina de bronca, descalificación y malos modos, cada vez más presentes en nuestras cámaras.

En estos cuatro años, semana tras semana, me han sorprendido su profesionalidad y su diligencia, con independencia de la sección o del servicio que presten. Recuerdo la primera vez que utilicé la hermosa biblioteca de estilo inglés —madera, estanterías altas y galería superior—. Tras presentarme como nuevo diputado, su personal me animó a registrarme en ese mismo momento: me explicaron con detalle todos los servicios que ofrecían y me aseguraron que, si necesitaba un libro o un estudio que no figurara en el catálogo, estarían encantados de adquirirlo. Son muchas las tardes en las que he preparado intervenciones bajo la luz serena de sus flexos cromados, entre el olor a madera encerada y a papel viejo. Siempre he recibido de ellos una atención tan discreta como eficaz. Lo mismo afinando el aire acondicionado que rastreando en Internet el libro que no conseguía encontrar. Confieso que, alguna vez, he abusado de su predisposición y de su esmero. Recuerdo, por ejemplo, aquella tarde en que quise una fotografía para Instagram que dejara constancia de la belleza de la sala de lectura y de mi rendición a ese lugar. La bibliotecaria persiguió el encuadre y la luz con paciencia de orfebre hasta lograr una de las escasas fotos dignas de mis redes.

No exagero al decirlo: el Parlamento de Andalucía funciona como un reloj suizo gracias a la entrega de sus trabajadores. Antes de cada comisión, el agua está ya servida junto con un caramelo de cortesía, por si la voz flaquea. Después de la sesión, con frecuencia en menos de una hora, las intervenciones aparecen en la mediateca, listas para su consulta y descarga. En los plenos, los ujieres atienden a diputados y visitas con diligencia silenciosa: leen el hemiciclo, se anticipan y, con un gesto, acuden con discreción.

Hay servicios a los que he acudido una sola vez en toda la legislatura y, aun así, me he llevado la misma sorpresa: una atención amable y resolutiva. Me pasó, por ejemplo, cuando pedí al servicio de comunicación una tribuna reservada para suscriptores en un periódico local. Una trabajadora la localizó al momento y me la envió a mi correo. Creo recordar que incluso me recomendó un par de artículos sobre el mismo tema. Y otro tanto con los servicios jurídicos: planteé una duda sobre la retribución de un funcionario en servicios especiales y la letrada, con calma y precisión, dedicó casi una hora a revisar BOJA y BOE y a completar la respuesta con un par de llamadas.

El buen hacer no es exclusivo de los trabajadores de la casa, sino que se extiende también al personal de las subcontratas que prestan distintos servicios. La jardinería es impecable en los ocho patios del complejo. La limpieza tiene algo de ceremonia diaria: aseos pulcros, mármol brillante y cristales claros; pequeños signos de un trabajo constante. En los días de pleno, con la cafetería a rebosar, da gusto ver a las camareras sacar adelante cafés y comandas con una rapidez serena, sin perder las formas. Y el equipo de seguridad y control de accesos siempre ha atendido a las personas que he invitado al Parlamento con cortesía, acreditándolas con rapidez y orientándolas con precisión, incluso en los días de más tránsito.

Y luego está la trastienda del escaño: asesores y personal de los grupos parlamentarios. Ahí se pulen proposiciones no de ley, se revisan preguntas, se ordenan enmiendas, se vigilan plazos y se arma la agenda; ahí se preparan reuniones y salen notas de prensa y contenidos para redes, con una regularidad sin alardes que sostiene el día a día.

Al final, uno entiende que tenemos un Parlamento de lujo en el sentido más limpio de la palabra: por quienes lo hacen funcionar y por el edificio que los acoge. Porque la sede —el antiguo Hospital de las Cinco Llagas— no es solo hermosa: es una pieza mayor de nuestra arquitectura, hecha de patios, cantera y claridad, y también el lugar donde se expresa la soberanía del pueblo andaluz. Allí conviven el patrimonio y la democracia, la memoria y el presente, lo monumental y lo cotidiano. Por eso, más allá de siglas y coyunturas, creo que todo andaluz y toda andaluza debería visitarlo alguna vez: para conocer el edificio, entender lo que representa y poner rostro a los profesionales que lo sostienen, y para recordar, al cruzar sus puertas, que es la casa de todos.

*Portavoz de Universidad, Investigación e Innovación del PSOE en el Parlamento de Andalucía

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