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Opinión | Escenario

Charangas

Hasta casi la adolescencia tuve un concepto muy remoto de lo que era una charanga. Fue Antonio Machado quien me llevó a la reflexión y al conocimiento con El mañana efímero: «La España de charanga y pandereta,/ cerrado y sacristía,/ devota de Frascuelo y de María,/ de espíritu burlón y de alma quieta,/ ha de tener su mármol y su día, su infalible mañana y su poeta./Por la misma época, más o menos, un cantautor gallego, Juan Pardo, triunfó con La charanga, una canción con fondo de gaitas que describe una romería: «Por la vera del río llegaba el sonido/ hasta mí de una charanga/ y siguiendo a mi oído encontré aquel camino/ y también la charanga./ Gente que canta bailando y bebiendo Ribeiro/ y una chiquilla llorando bajo un castiñeiro. No estábamos aquí familiarizados con este tipo de agrupación musical -un grupo pequeño de músicos con instrumentos de viento y percusión, cuya forma de actuación suele ser el pasacalles- común en otras zonas de España, como el País Vasco, Valencia, Aragón, Navarra, La Rioja y Galicia.

Antes de estos descubrimientos, en Málaga, ya había presenciado la actuación de alguna panda de verdiales, agrupación musical compuesta por violín, guitarra, platillos, pandero, laúd y bandurria -puede faltar alguno de estos elementos- con el ritmo marcado por un instrumento principal, según el estilo que se siga: el de Los Montes (pandero), el de Almogía (violín) o el de Comares (laúd). Los verdiales son una de las manifestaciones folclóricas más antiguas de Europa, en la que se han observado influencias fenicias, romanas y árabes. Los músicos van acompañados de danzantes; unos y otros visten trajes campestres y los hombres llevan sombreros adornados con espejillos, cintas y flores, que guardan cierta semejanza con los que lucen los danzantes de Fuente Tójar (Córdoba) cuando bailan ante San Isidro el 15 de mayo; aunque se trata de una danza religiosa, es más que probable que su antigüedad sea igual a la de los verdiales y que sus raíces se hundan en ritos paganos de exaltación de la primavera.

La cuestión es que que hace un par de semanas, cuando Las Tendillas ponían marco a la exposición de aceites, en medio del gentío que tomaba cañas en El Bar Correo, aparecieron unos chicos que tocaban el bombo, los platillos y las trompetas, mientras dos chicas bailaban al ritmo. Inmediatamente surgieron voluntarios que se unieron a la juerga, mientras los turistas grababan con los móviles. Pregunté a uno de los chicos. Me dijo que eran una charanga. Los Tiburones. «De Sevilla, no es ná». Desde luego, como los sevillanos se pongan a hacer charanga, acaban con el cuadro.

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