Opinión | el ángulo
Pactar sin confiar
Las negociaciones entre el PP y Vox para conformar gobiernos autonómicos, lleguen donde lleguen y duren lo que duren, son un ejercicio de desconfianza mutua. Si algo revelan estos contactos no es solo la dificultad de articular mayorías, sino la ausencia de clima necesario en la resolución de conflictos, el de la confianza. Aquí, lejos de disiparse, el recelo se ha institucionalizado como punto de partida.
Ambas formaciones negocian convencidas de que el otro no busca tanto un acuerdo estable como una ventaja táctica a corto plazo. Andalucía espera en menos de tres meses, además de unas generales en el horizonte cercano. Y este calendario hace parecer cada concesión como una cesión estratégica que el adversario explotará en las urnas, entre el equilibrio de no bloquear y no desgastarse está el imposible punto óptimo. Los pactos no solo se negocian en clave de gobernabilidad autonómica, sino como movimientos en una partida mayor por el liderazgo de la derecha, con un Partido Popular más locuaz y apremiante desde la noche del domingo y un silente Vox.
Vox ha dado un giro significativo en el último momento, la formación que hizo bandera de la impugnación del bipartidismo está dilucidando ahora la lógica clásica de la coalición, con reparto de poder y presencia institucional. La decisión de Santiago Abascal de exigir la entrada en los gobiernos es defensiva, evitar que el PP consolide el relato de que Vox es un mero partido de protesta, desinteresado en gestionar. Pero exige el control directo de las consejerías encargadas de ejecutar sus políticas. No se fía.
Tampoco el PP confía, Alberto Núñez Feijóo teme que Vox pretenda gobernar sin renunciar a la oposición, capitalizando los éxitos y desmarcándose de los costes. De ahí su insistencia en la responsabilidad solidaria de los posibles gobiernos y en compromisos como la aprobación de los cuatro presupuestos de la legislatura. Pero su abierta disposición roza en ocasiones la urgencia. Las palabras de María Guardiola, con ellos dentro, con ellos como quieran, sintetizan una estrategia que prioriza la investidura sobre cualquier otra consideración. Aceptar el marco del socio necesario para evitar bloqueos y, sobre todo, una repetición electoral que podría penalizar a ambos. El miedo a ser percibidos como responsables de unas nuevas elecciones es, probablemente, el único pegamento real de estas negociaciones.
Todo ello en un clima en el que las acusaciones cruzadas, desde la «guerra sucia» mediática hasta el temor al «chantaje parlamentario», dificultan cualquier confianza mínima. Esta negociación no responde a una convergencia estratégica, sino a una coincidencia obligada.
*Politóloga
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