Opinión | LA VIDA POR ESCRITO
Homo musicalis
Durante décadas, la idea de que la música tiene raíces evolutivas profundas se consideró como una mera especulación. Sin fósiles de melodías ni cerebros cantarines petrificados, muchos científicos asumían que el origen de nuestra capacidad para la música era imposible de estudiar con el necesario rigor científico. Charles Darwin y Herbert Spencer ya lo plantearon en el siglo XIX, pero durante buena parte del XX se consideró un terreno resbaladizo, casi poético. Y algunos aún piensan que hoy seguimos especulando tanto como entonces.
Sin embargo, esa visión ha quedado obsoleta. En las últimas décadas, un campo interdisciplinar, formado por psicología, neurociencia, biología, genética, antropología y cognición comparada, ha transformado por completo el estudio de la musicalidad. No hablamos ya de la música como producto cultural, sino de la musicalidad: la capacidad biológica innata para percibir, producir y disfrutar sonidos estructurados (frecuencias, ritmos, timbres). Este giro conceptual ha permitido pasar de la filosofía a la evidencia empírica.
Henkjan Honing, profesor de la Universidad de Ámsterdam, lo resume con claridad en su ensayo The Biology of Musicality, publicado hace unos días en Current Biology: los humanos nacemos con una predisposición biológica para la música. Los recién nacidos discriminan patrones rítmicos, prefieren ciertos contornos melódicos y generan expectativas sobre entonación y tempo mucho antes de hablar. Estas habilidades surgen espontáneamente, sin instrucción explícita, lo que apunta a predisposiciones biológicas profundas.
Los datos comparados entre culturas diversas refuerzan esta tesis. Aunque los sistemas musicales varían enormemente entre sociedades, existen ciertos universales estadísticos: intervalos de frecuencias limitados, restricciones rítmicas y contornos melódicos recurrentes. No parecen convenciones arbitrarias, sino sesgos cognitivos compartidos que nuestro cerebro impone al sonido.
La comparación con otras especies aporta otra clave. Si los mismos rasgos musicales aparecen en primates cercanos (como esos macacos que pueden sincronizar golpes con música bajo ciertas condiciones), es probable que existieran en nuestro ancestro común. Si surgen en especies distantes (aves cantoras, mamíferos marinos), hablamos de evolución convergente. Honing defiende una hipótesis multifactorial: la musicalidad no es un rasgo único, sino un mosaico de habilidades (percepción del pulso, procesamiento de frecuencias, respuesta emocional) con historias evolutivas distintas.
Durante años se pensó que la música era un subproducto del lenguaje. Diversas evidencias lo desmienten: vías neurales parcialmente distintas, pacientes con afasia grave que conservan habilidades musicales, o personas con amusia congénita que hablan con normalidad. La música no es «lenguaje decorado»; probablemente es más antigua y se construyó reutilizando sistemas perceptivos, motores y emocionales preexistentes.
Entender la musicalidad como capacidad biológica fundamental cambia la visión de nosotros mismos. No somos solo animales racionales o lingüísticos, sino también y, ante todo, musicales. Esta percepción del hombre como un «homo musicalis» tiene implicaciones prácticas: desde terapias para trastornos del lenguaje y del movimiento hasta enfoques educativos y de bienestar basados en el ritmo y la melodía.
La visión de nosotros mismos se transforma al reconocer que la musicalidad es una capacidad biológica central. Somos, por naturaleza, seres musicales. Después de un siglo de escepticismo, la ciencia ha dejado de especular. Ahora sabemos que, cuando tarareas sin darte cuenta o te emocionas con una canción, estás activando algo tan antiguo y esencial como el latido de tu corazón.
*Profesor de la UCO
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