Opinión | ENTRE VISILLOS
En el nombre del padre
Fernando Aguayo, que expone en el Museo Taurino, se ha hecho un sitio en la pintura por derecho y estilo propios
Tardó en mostrar al público lo que pintaba, y más aún en arriesgarse a vivir de ello, lo que equivalía a asumir plenamente la condición de artista y dejar atrás lo demás. Un paso decisivo y valiente si quien lo da es hijo de un pintor consagrado, el recordado Mariano Aguayo, con quien antes o después todos lo iban a comparar. Cuenta que su padre nunca lo animó a coger los pinceles y mucho menos a adoptarlos como herramienta de trabajo, sin duda por evitarle las dificultades de una profesión donde no todo lo que reluce es oro. Pero Fernando Aguayo, nacido en Córdoba hace 58 años, perseveró en su vocación a contracorriente hasta encontrar una personalidad de creador singular, con técnica depurada y hondura conceptual según los críticos, y se hizo con un sitio propio. Estos días está de actualidad porque expone en el Museo Taurino De caballos y toros, una colección de acuarelas donde plasma con belleza y sensibilidad poética escenas de ganadería de reses bravas. Además, ha ofrecido una conferencia dentro del ciclo cultural de la Fundación Bodegas Campos titulada Interpretar lo que conoces, en la que se atrevió a revelar las claves de su obra -tarea complicada hasta para el más veterano artista- y dar una visión del panorama plástico contemporáneo.
Respecto a su producción -que ha viajado por Francia, Inglaterra, China y varios países árabes- son piezas de ajustada arquitectura, a veces con el andamiaje visible como para subrayar la composición, y tan pensadas que se escapa por ellas una intensa vida interior y hasta cierto misterio. El mismo que de alguna manera arrastra Fernando Aguayo, hombre de poco hablar y mucho mirar, con las ideas muy claras. Dice, por ejemplo, que acude a las vanguardias del siglo XX para alejarse lo más posible del detalle, que distrae de lo esencial. Y para él la esencia es explorar formas y colores recurriendo a la mancha y la pincelada suelta, y aportar luz a unos cuadros, a veces de gran formato, que enlazan con un impresionismo muy suyo. En cuanto al mercado del arte, vaya por delante que le apasiona; y ahí le sale el economista que fue durante dos décadas, hasta que en 2015 se atrevió a cambiar la mesa del despacho por el caballete. Partiendo de que lo considera en crisis, cree imprescindible su desarrollo si no quiere vivir «de las distorsionadoras subvenciones». Y para salir del bache, apunta, debe conectar de nuevo con el público, «dejando de elevar el marketing a la categoría de arte y volviendo al gusto por la técnica».
Un tipo muy reflexivo este Fernando Aguayo Fernández de Córdova. Quizá por eso tardó tanto en decidirse a hacer de la pintura, con la que había convivido desde la infancia, la profesión a la que se entrega con pasión, allá en el estudio que había cohabitado con su padre, eso sí, en estancias separadas. Mariano Aguayo acabó comprendiendo el arrebato artístico de Fernando y vio que la cosa no tenía marcha atrás; a fin de cuentas, él había pasado por lo mismo, cuando tras un infarto plantó a la entidad bancaria que dirigía y se lanzó para siempre a la pintura y la escritura. Lo apoyó incondicionalmente y le dio buenos consejos. El primero, que perseverara en la búsqueda de su propio estilo. Este resultó ser de una intención figurativa muy suelta, a veces semiabstracta, nada parecida al Mariano Aguayo más conocido, al relacionado con estampas de la montería -tal vez algo al vanguardista de los años sesenta-. Pero comparte con su padre, que le recomendó pintar lo que conociera, el amor a Córdoba y la atracción por la naturaleza a través del paisaje y sus pobladores. El resultado es su versión de la armonía del arte ecuestre y la bravura del toro que puede contemplarse hasta el 31 de mayo en el Museo Taurino.
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