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Opinión | HOY

Lola

La primavera viene con ella: en cuanto decimos su nombre, el azahar se estremece en los naranjos. Cada año, ella es el pórtico donde asoma, nueva, la vida y nos invita a renacer. En los arriates, ella son las celindas, las damas de noche, los jazmines; en la blancura humilde de la cal, ella son las macetas de alhelíes, de geranios, de claveles; los almendros, los cerezos, los lirios y las rosas esperan que llegue su santo para florecer; nuestro Guadalquivir se vuelve ondas de sol y luna con su cielo; nacen más estrellas; los paisajes se extienden en nubes granas, azules, blancas, lilas. Por eso su nombre no tiene fecha fija en el calendario; su nombre es la onomástica de la primavera. El tiempo la espera para que sus manos, tan sutiles y tan fuertes, separen los dulces cendales de las esperanzas y los sueños. De nuevo, con ella, su aura de golondrinas en los amaneceres y los atardeceres; cigüeñas sobre las campiñas; ruiseñores en las alamedas. Y el alma se vuelve luz: Lola nos sonríe siempre. Basta una palabra, para que se nos abra por completo con una amplia sonrisa hasta el fondo de sus ojos. A veces, baila; a veces, recuerda viejas promesas perdidas. Cuando se empeña en algo, afirma la mirada y aflora toda la pasión que guarda tras su timidez y su ternura. Porque su corazón sabe de muchas ventanas en las que cae la tarde mientras los horizontes pasan; ventanas de trenes, ventanas de aviones; ventanas de horas en penumbra, para leer lejanas cartas sumidas en olvido, para escribir añoranzas y dejar que el corazón vuele, llevado por la levedad y sus estelas de melancolía; a veces, callada soledad; a veces, íntima tristeza. Pero sus ojos vuelven a sonreír; son la niña que sueña siempre en lo más hondo de su sensibilidad. Entonces Lola es la primavera eterna, donde el sentimiento puede descansar en un remanso de amor puro y de belleza.

*Escritor

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