Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna abierta

Hablando de imperios

Ya es noticia. Después de más de quinientos años, en su viaje a México el Rey Felipe VI vino (o fue) a reconocer que sí, que en América los españoles cometieron «ciertos abusos». Y digo «cometieron» porque como se suele decir a los descendientes de aquellos conquistadores «amigos de lo ajeno», como les llamó Cervantes, y que hoy todavía protestan: «Serían los vuestros, que ninguno de mi familia anduvo por allí». En estas cosas pagamos justos por pecadores. Y escandalizan no menos a los de derechas que, según ellos, esas apreciaciones son como agraviar a Isabel la católica y desvalorar el acto más civilizatorio y evangelizador de la historia de la humanidad. No sé si pretenden también reconquistar América.

Y luego solemos añadir defensivos que miren los hispanos para otro lado, que la historia está llena de momentos de violencia y conquista. Pues ¿qué, si no, es la esencia de un imperio, del que suelen los seres humanos sentirse orgullosos y muy machos, sino la apropiación por la fuerza de tierras y riquezas que pertenecen a otros y se mantienen a sangre y fuego hasta que los echan? ¡Que se ponga al día y verán! México no está para permitirse muchas exigencias con lo cerca que tiene a Trump.

Pero nuestro imperio, que es lo que vamos. ¡Ah, qué cosa en un mundo nacido de un hallazgo fortuito! A mí me fascina en particular un episodio de la conquista del Perú: el encuentro en Cajamarca entre Pizarro y Atahualpa. El inca tenía curiosidad por conocer a aquellos extranjeros que se habían colado en sus dominios y se acercó a una entrevista con ellos. Atahualpa era una divinidad, lo portaban en andas, limpiaban el suelo a su paso y le seguía una corte de miles de súbditos que no cabían en la pequeña placita del pueblo. Pizarro y los suyos le esperaban ocultos en unos galpones. Y en esta salió el padre Valverde y se acercó al inca diciéndole la letanía de los derechos del emperador español y de la palabra de Dios y le mostró una Biblia. Atahualpa nunca había visto un libro. No existían los libros en esa cultura que había construido Machu Pichu. Así es que lo miró, le dio la vuelta, se lo acercó a la oreja, lo agitó un poco por si contuviera algo y le dejó caer sin encontrarle el sentido. Y entonces... «¡A ellos, españoles, que este ataparica está hecho un hereje!», gritó el padre Valverde muy indignado y los españoles dispararon una culebrina y salieron a caballo y espada en mano, y agarraron al Inca y la espantada de los del cortejo real derribó el muro que cercaba la plaza... Ahí acabó el imperio inca.

(Uno no puede dejar de asociar ese momento con este otro reciente en el que en medio de unas negociaciones yanquis e israelitas quizás pensaron que conquistarían el petróleo de Irán unos y tierras otros si descabezaban al ayatola supremo y a su cúpula...).

*Comentarista político y periodista

Tracking Pixel Contents