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Opinión | Tribuna libre

Presbicia cuaresmal

En los evangelios que estamos escuchando estos domingos de Cuaresma detectamos la presencia de tres elementos de la naturaleza: la montaña, la luz y el agua. Jesús sube a dos montañas, al monte Sion, en Jerusalén, a casi ochocientos metros sobre el nivel del mar, y al monte Tabor, con tres elegidos para transfigurarse. Allí se muestra una luz arrebatadora, como señal de la presencia divina, en las vestimentas de Jesús que conversaba con Elías y Moisés. Encontramos el agua como don curativo para esa mujer samaritana que busca algo que le calme la sed eternamente.

Después de la montaña, el agua y la luz llegará la vida: la resurrección de Lázaro. El milagro definitivo de Jesús que le lleva directamente a encaminar la senda de la cruz. Los fariseos ya no le iban a permitir otro milagro de esa enjundia, además tan cerca de Jerusalén. Esto ya era demasiado y había que pagar por ello.

En el evangelio de este domingo el ciego de nacimiento proclama: «Solo sé que yo era ciego y ahora veo». El ciego está desconcertado por la cantidad de preguntas que le abruman tratando de inculpar a Jesús. Es el paso de las tinieblas a la luz. Algo parecido a unas tinieblas que vivimos ya muchos (no ver bien de cerca), una presbicia que nos permite ver bien lo lejano, pero olvidarnos del que está a nuestro lado. Necesitamos una luz cegadora que nos haga reparar en lo pequeño, en lo frágil, en aquello que puede parecer fútil, pero llama a hacer algo grande.

La luz del Evangelio nos pide despertar al otro, salvar al que está a tu lado. Sí, estamos salvados, alguien nos ha querido salvar y debemos transmitirlo. Jesús mandó al ciego a lavarse los ojos a la piscina de Siloé, pero ¿qué agua será capaz de borrar la niebla de nuestros ojos? Tenemos la vista cansada, los ojos necesitan descansar, pero cuidado, que no se relajen. Por si acaso, visita al oftalmólogo de vez en cuando... (¡si encuentras cita!).

Llegamos casi al final de estos cuarenta días que nos han encaminado hacia la luz de la Pascua. Cuarenta días de renuncia, de desierto, de introspección. Es el momento de reconocer en nuestras calles embadurnadas de azahar el mensaje de buena noticia que Jesús nos regaló. Quizá esté algo difuminado entre tanto pan de oro, varales, capirotes y costales, ahí está lo difícil. Tal vez las marchas procesionales puedan ensordecer la llamada de tu interior... Identificar la clave que se nos ha presentado a lo largo de estos cuarenta días de Cuaresma puede tornarse complejo. Y no es otra que esta: el camino está lleno de piedras, difíciles de ver, pero si se hace de la mano es más llevadero. Si el sendero se camina en comunidad todo es más fácil, y si delante va Jesús, mejor que mejor. ¡Buen camino!

*Profesor

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