Opinión | Tribuna abierta
El legado de Rocío, susurros de la naturaleza
Hace poco hemos perdido a alguien muy querido. Rocío ha dejado una huella profunda tanto en sus amigos como en la familia. A lo largo de la vida que compartimos con ella aprendimos mucho. Fue una mujer luchadora, constante y profundamente comprometida con los proyectos que emprendía. Algunos podían parecer atrevidos, capaces de despertar curiosidad o incluso cierta perplejidad, pero siempre estaban guiados por el mismo propósito: comprender mejor el mundo y encontrar respuestas ante las dificultades de la vida.
Muchas personas tuvimos la fortuna de aprender a su lado. En esta ocasión quiero recordar especialmente una faceta suya que quizá no todos sus amigos llegaron a conocer: su pasión por la etnobotánica. Tuve la suerte de compartir ese interés, junto a su amiga y compañera Elena Casana, en lo que me gusta llamar esos pequeños «susurros de la naturaleza» que, de vez en cuando, trato de transmitir.
Tanto Rocío como Elena dedicaron sus tesis doctorales al estudio del uso tradicional de las plantas silvestres en la provincia de Córdoba: una en el norte y la otra en el sur. Aquellos trabajos no solo supusieron una importante aportación científica, sino también una forma de rescatar un conocimiento ancestral que durante siglos formó parte de la vida cotidiana de nuestras comunidades.
Fue Rocío quien supo mostrarme el valor de nuestro patrimonio natural y cultural, y la importancia de conservarlo como parte de nuestra identidad. Gracias a su entusiasmo, hoy puedo transmitir ese interés en mis clases. En buena medida por su influencia, este tema se ha convertido en uno de los que despiertan mayor curiosidad entre los estudiantes de una de las asignaturas que imparto.
Durante siglos, las plantas silvestres formaron parte esencial de la vida de las personas. Sin embargo, con el tiempo muchas de estas tradiciones se han ido perdiendo. Hoy sabemos cada vez menos sobre la utilidad de la flora que nos rodea, y ese saber acumulado durante generaciones corre el riesgo de desaparecer silenciosamente.
Basta mirar con atención nuestro paisaje para descubrir que muchas de esas plantas han acompañado la historia de nuestras comunidades. Han sido alimento, medicina, materia prima o simple compañía cotidiana. Los resultados de las tesis anteriormente mencionadas, recogidos en una publicación del Real Jardín Botánico de Córdoba (Imgema), muestran esta riqueza.
Algunas especies silvestres han servido tradicionalmente como alimento, como la vinagreta, las collejas, la borraja o el palmito. Otras han aportado aroma y sabor a la cocina como condimentos y especias: la alcaparra, el hinojo, el romero, el tomillo o el apio; sin olvidar el papel de las plantas melíferas, como el brezo, el romero o el majuelo, cuyo néctar las abejas transforman en miel. También han estado presentes en la preparación de bebidas e infusiones, con plantas como el madroño, la vid, la menta, el poleo o la manzanilla.
Muchas poseen fragancias naturales gracias a sus aceites esenciales, como la lavanda, la rosa, la albahaca o el arrayán. Otras han sido utilizadas como plantas tintóreas capaces de proporcionar colores naturales: la malva, la amapola, el tornasol, la hiedra, la morera o el zumaque.
Las plantas también han tenido un importante papel en actividades artesanales. Algunas se utilizaron para curtir pieles gracias a sus taninos, presentes en especies como el zumaque o en la corteza de encina y coscoja. Otras han proporcionado fibras vegetales para oficios tradicionales: el esparto para cuerdas, el mimbre para cestas, la caña para labores agrícolas, la anea para los asientos de las sillas, o el junco para trabajos de cestería, e incluso como soporte de jeringos.
Muchas formaron parte, además, de la medicina popular, ayudando durante generaciones a prevenir o aliviar dolencias: el romero, la menta, la alcaparra, la malva o el escaramujo son solo algunos ejemplos.
Todo este conocimiento constituye un patrimonio cultural de enorme valor, reflejo de la relación histórica entre las personas y la naturaleza que las rodea. Conservar estas plantas y los saberes asociados a ellas significa también preservar una parte de nuestra memoria colectiva.
Rocío nos enseñó muchas cosas: a convivir, a mirar la vida con otra perspectiva y, sobre todo, a encontrar sabiduría en lo sencillo. Hoy sentimos tristeza por su ausencia, pero también gratitud por todo lo que nos regaló. Quizá el mejor homenaje que podemos hacerle sea detenernos de vez en cuando y escuchar con atención esos pequeños mensajes que nos fue dejando a lo largo de la vida.
*Catedrática de Botánica de la Universidad de Córdoba
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