Opinión | Para ti, para mí
Las «cegueras interiores»
Los protagonistas del Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma son Jesús y un hombre ciego de nacimiento al que devuelve la vista. Este largo relato se inicia con un ciego que empieza a ver y concluye con personas que, aparentemente, ven, pero cuya alma está ciega. Juan narra el milagro en apenas dos versículos porque el evangelista quiere hacer hincapié en lo que pasa después, en la discusión que suscita. A veces, las buenas acciones dan pie a comentarios y discusiones porque hay gente que no quiere ver la verdad. En primer lugar, la muchedumbre asombrada que ha visto el milagro y le hace preguntas al ciego que ahora ve; después, los doctores de la ley que le hacen preguntas a sus padres. Al final, el ciego curado se acerca a la fe, y esta es la gracia más grande que le otorga Jesús: no sólo ver, sino conocerlo a Él, verlo a Él como «la luz del mundo» (Juan 9,5). Mientras que el ciego se acerca gradualmente a la luz, los doctores de la ley se hunden cada vez más en su ceguera interior. Enrocados en su presunción, creen poseer la luz y eso les impide abrirse a la verdad de Jesús. Hacen todo lo posible para negar la evidencia. Su negativa a ver la luz llega incluso a ser agresiva y acaba con la expulsión del templo del hombre curado. Después de ser expulsado del templo, excluido de la sociedad, Jesús lo encuentra de nuevo y le «abre los ojos» por segunda vez, revelándole su identidad: «Yo soy el Mesías». Y el ciego exclama: «¡Creo, Señor!». El mensaje central de este evangelio es una invitación a abrirnos a la luz de Cristo, para que nuestra vida dé fruto. No es fácil. Hay una «ceguera interior» que nos obstaculiza ver con claridad. O mejor, tres «cegueras». Primera, no vemos al prójimo, hombres y mujeres que cruzan a nuestro lado, que nos obsequian con sus palabras cercanas y con sus gestos hermosos; segunda, no nos vemos a nosotros mismos, con nuestras luces y nuestras sombras, con nuestros éxitos y nuestros fracasos; tercera, no vemos a Dios, no sabemos «descubrir» su presencia «dentro de nosotros», sino a veces, todo lo contrario, experimentamos su ausencia, «la lejanía de Dios» a nivel de la razón y de las ciencias. La ciencia moderna nos hace caer en la cuenta de que vivimos en un universo enigmático, porque así ha querido Dios crearlo, un universo que sitúa al hombre en incertidumbre metafísica. Ante esta incertidumbre, el posible Dios es visto por el hombre como un «Dios en silencio». Un silencio de Dios ante el conocimiento, porque Dios no se impone por la razón en el universo y, en segundo lugar, un silencio de Dios ante el sufrimiento del hombre personal y de la historia, a causa de un mal producido por una naturaleza ciega o nacido de la perversidad humana, en la historia civil y en la historia religiosa. Paul Claudel escribió: «Dios no ha venido a suprimir el sufrimiento. Ni siquiera a explicarlo. Ha venido a llenarlo de su presencia». Como dicen los estatutos de los monjes cartujos, «hay que andar mucho por caminos de aridez y sequedad antes de llegar a los manantiales de las aguas y a la tierra de promisión». Y es que en la relación con Dios, todo es paradójico. El encuentro con Él va siempre envuelto en el misterio; por eso es una palabra sin voz o una «comunión silenciosa».
Fuera, todo es guerra, -dialéctica, logística, infernal-, sin que se abran de par en par las puertas del diálogo. La permanente plegaria de León XIV desde el mismo día de su elección para trabajar por una «paz desarmada y desarmante» se ha tornado en un «sincero llamamiento a las partes implicadas para que asuman la responsabilidad moral de detener la espiral de violencia antes de que se convierta en un abismo irreparable». Frenar esta escala bélica es posible. Lamentablemente, es poco probable cuando la fuerza del diálogo, la negociación y la diplomacia se sustituyen por la ley del más fuerte, que solo trae consigo muerte y destrucción a la vuelta de la esquina. Me vienen a la memoria los versos de Victoriano Crémer, entonando su «Por qué» personal y dolorido: «¿Por qué, Señor, me has dado / este instinto de tierra que me obliga / deslumbradoramente a presentirte / en un orbe confuso y violento?».
*Sacerdote y periodista
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