Opinión | El lápiz de la luna
Cosas que una hace y no piensa
El otro día me dio por mirar cuánto me queda para jubilarme. No sé muy bien por qué tomé esa decisión. Me encanta mi trabajo. Entendería ese comportamiento si no disfrutara de lo que hago o tuviera compañeros insoportables, pero, por suerte, no es así. Sin embargo, allí estaba yo, frente a la página de la Tesorería General de la Seguridad Social, inmóvil, observando un contador activo con la cuenta atrás: veinticinco años, seis meses y dos días. Fecha de la jubilación: agosto de dos mil cincuenta y uno. Tuve que hacer cálculos para saber cuántos años tendría por entonces: sesenta y cinco. Me dio la risa. Ojalá me pudiera jubilar con esa edad. Para ser realista y evitarme disgustos me puse mi propio contador, como mínimo me quedan treinta años. Entonces, entre sumas, restas y decepciones recordé cómo y por qué llegué a ese oscuro lugar. El fin de semana anterior mi marido y yo charlamos sobre su jubilación y me comentó dubitativo que iba a tener ese retiro por los pelos. Esa misma semana escuché a unas compañeras que están más cerca de las vacaciones permanentes que yo dudar de si llegarían a tener jubilación y, a los pocos días, Trump bombardea Irán, se pelea con Pedro Sánchez y amenaza a nuestro país con putearnos. Vamos, que, por un instante, fruto de un delirio momentáneo, en la página que minutos antes me indicaba cuánto me quedaba para cesar la brega, apareció un emoji que me hizo un corte de manga y se rio en mi cara, el emoji al que se le saltan las lágrimas de la risa por si tenía alguna duda. Sé que con esto de la jubilación siempre ha habido mucho ruido y que en los últimos tiempos las nuevas generaciones se cuestionan el motivo por el cual parte de su sueldo debe destinarse a las rentas de los más veteranos. Nunca he tenido ningún problema con pagar impuestos. Yo aporto para las jubilaciones de los que aportaron para que mis padres y mis abuelos tuvieran la suya. Es un trabajo en equipo o, al menos a mí, me gusta verlo así. Bueno, volviendo a mi futuro, he de reconocer que me asusta un poco cómo serán las cosas por entonces. Si tendré salud para alargar el momento de dejar de trabajar, si contaré con esa contribución económica tras más de cuarenta años laborales, si podré hacerle frente a la situación socioeconómica con la que me encuentre: el precio de la cesta de la compra, las medicinas (espero no necesitar demasiadas), y, en general, la vida. Mientras escribía este artículo alguien mandó a uno de los grupos de WhatsApp en los que estoy un enlace a una noticia de un periódico. En ella se exponían los sitios más seguros en los que vivir si estallaba la Tercera Guerra Mundial. Maldije haber abierto el WhatsApp en el ordenador mientras redactaba esta columna. De no haberlo hecho, de no haberme sobresaltado el tono del mensaje, de no haber tenido la osadía de leerlo, este artículo hubiese tenido un final feliz, por eso de ver siempre el lado positivo. Pero, claro, entre la incertidumbre de si cobraré o no mi pensión, la perplejidad que me despiertan las decisiones del loco de la primera potencia mundial y el miedo a una posible nueva guerra, pues como que el positivismo Mr. Wonderful no me sale. Bueno, sí, uno de los sitios más seguros para vivir durante la beligerancia según el artículo del periódico es el archipiélago canario. Si es que, al final, es cuestión de perspectiva.
*Escritora
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