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Opinión | tormenta de verano

El fraile de la luz

En tiempos convulsos y oscuros, es noticia esta semana la concurrida presentación del magnífico libro del historiador Alejandro Aguilar ‘Fray Ricardo de Córdoba’, que explora la vida, la estética y el impacto espiritual de una de las figuras más influyentes y luminosas del panorama cofrade andaluz contemporáneo. Un amigo con el que compartí vivencias durante varias décadas de mi vida, del que conservo el recuerdo de su entrega generosa y una jovial vitalidad, junto a una sensibilidad especial y muchísimas anécdotas.

Un vacío difícil de llenar quedó en Córdoba aquél mayo de 2019, cuando nos dejó Ricardo del Olmo López, el fraile capuchino que no solo predicó con la palabra, sino que rediseñó la identidad visual de la fe en Andalucía. Sacerdote, artista y visionario, su legado es hoy un puente entre la tradición franciscana y la explosión estética de la Semana Santa moderna. Aunque perteneció más de 50 años a la Orden de los Frailes Menores Capuchinos, una decisión que marcaría su carácter humilde pero inquieto, este cordobés nacido en la Puerta del Rincón no era un religioso más al uso. Su destino estuvo marcado por el hábito y por el arte. Fue un adelantado a su tiempo, un hombre capaz de ver en el dibujo y el diseño una forma de evangelización. Su formación y sensibilidad lo convirtieron en el arquitecto de una revolución estética que ya había comenzó en los años setenta, transformando la Semana Santa cordobesa de una celebración sobria a una etapa de esplendor barroco y renovado.

La ciudad donde vivió le dedica el tributo de generaciones y el nombre de un jardín vivo para el recuerdo, situado en el trasiego de sus escenarios cotidianos. La obra de Fray Ricardo es inabarcable. Se le considera el artífice de la fisonomía de numerosas hermandades. Con un lápiz siempre a mano, diseñó desde mantos y sayas hasta pasos completos, respiraderos y piezas de orfebrería. Introdujo técnicas y composiciones en el bordado que rompieron moldes, como los paños bordados en malla o el diseño de mantos que llevan su sello inconfundible. Y aunque su epicentro fue Córdoba, su talento llegó a Sevilla, Jerez y Cádiz, dejando un rastro de «puntadas» que hoy son patrimonio vivo. Fue el lápiz que dibujó la devoción, su estilo se caracterizaba por una armonía perfecta entre la utilidad litúrgica y la belleza artística, bajo la premisa de que «el arte es el alma que requiere el soplo divino de la inspiración».

Más allá de los bocetos, Fray Ricardo fue un comunicador excepcional. Su capacidad para conectar con la juventud y su carisma en el púlpito lo convirtieron en lo que hoy muchos denominan un «influencer cofrade». Su disponibilidad y charlas junto a los ensayos costaleros, o sus artículos fueron memorables. Fue un pregonero incansable, llevando su voz a casi todos los rincones de la geografía andaluza y dejando textos que son verdaderas piezas de oratoria sagrada. Su fallecimiento en 2019 no apagó su luz, sus estudios y diseños siguen inspirando a futuras generaciones de artistas. Fray Ricardo no fue solo un fraile que dibujaba; fue el hombre que enseñó a Córdoba a mirar su propia belleza a través del cristal de la fe. Su vida fue una celebración constante e intensa de la alegría y la esperanza, un regalo suplementario para una ciudad que aún hoy, al ver pasar un paso de palio, sabe reconocer en sus bordados el trazo eterno del capuchino.

*Abogado y mediador

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