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Opinión | A pie de tierra

Forma y fondo

A pesar de que incomprensiblemente exista cierta prevención social al respecto, la profesión de docente es de las más exigentes y agotadoras que existen, pero también, cuando hay vocación y entrega, una de las más gratificantes y enriquecedoras, sobre todo si se vive lo suficiente para comprobar cómo los estudiantes que un día pasaron por tus aulas se convierten con el tiempo en hombres y mujeres hechos y derechos, y algunos de ellos acaban alcanzando cotas de éxito que dejan muy atrás a sus maestros.

Me viene en mente esta reflexión al hilo de la exposición antológica, realmente extraordinaria, que, con el título ‘Forma y Fondo’, acoge hasta el 5 de abril el antiguo Teatro Cómico de la ciudad, en la calle Ambrosio de Morales. Su autor, un José Manuel Belmonte en estado de gracia, que viene de cosechar un éxito rotundo en Madrid con la misma propuesta (contabilizó más de 60.000 visitantes) y que está acaparando también en su ciudad natal el interés de propios y extraños, con una afluencia diaria de personas casi inédita en Córdoba. Todo mucho más que merecido, tras una carrera fructífera e infatigable, creativa e innovadora (no, no es una paradoja hablar de innovación cuando se trata de un escultor básicamente figurativista), en la que sin perder nunca de vista a los clásicos ni las claves de su estilo, el artista derrocha facultades, técnica y esencia.

Tuve el honor de contar a José Manuel entre mis alumnos de la Escuela de Artes y Oficios Mateo Inurria hace cuarenta años, y desde entonces he seguido de cerca su carrera, su evolución personal y artística, su maduración como escultor. He podido percibir así cómo en esta exposición se ha vaciado, ofreciéndonos en ella una síntesis maravillosa no sólo de sus dotes artísticas, sino también de los temas no siempre gratificantes que nutren su producción. Espiritualidad, deterioro cognitivo, enfermedad, violencia de género, mitología, psicoanálisis, provocación…, son palabras tan llenas de contenido como su eterna búsqueda, que inspiran su obra y provocan que el espectador se sienta anonadado ante la belleza de sus anatomías o la fragilidad de sus ancianos, sorprendido ante sus equilibrios imposibles, u hondamente conmovido ante su capacidad para captar el sufrimiento humano al tiempo que homenajea de forma metafórica y desgarrada a nuestros mayores o contribuye al recuerdo de quien un día nefasto le arrebató la enfermedad. Su retrato de Julia, con la cara de Virgen barroca, la cabeza sin pelo y un pecho seccionado que sustituye por un ala rota sobre sus manos impotentes, provoca escalofríos y hace que el espectador perciba en primera persona el vértigo ante lo desconocido, pero también la resignación de quien se sabe inmortal.

Belmonte es un retratista como la copa de un pino, un estudioso del ser humano, un observador nato, un eterno explorador de lenguajes que, sin renunciar jamás a sus convicciones, vayan más allá de lo obvio. Por eso, junto al bulto redondo, en el que es un virtuoso, continúa indagando en el relieve, experimenta con los materiales, se atreve con la policromía. Se erige así en escultor polivalente, que no sólo domina a la perfección las técnicas de su oficio, sino que derrocha sensibilidad y consigue trascender lo puramente material para dotar a sus obras de alma, de psique y espíritu; de vida, aunque esa vida duela. Un lujo para nuestra ciudad, que debe aprender a ufanarse de sus hijos, a hacer de ellos bandera, motivo de orgullo y seña de identidad. Apúrense, visiten la exposición y acudan a ella con talante abierto. No se arrepentirán.

*Catedrático de Arqueología de la Universidad de Córdoba

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