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Opinión | ENTRE VISILLOS

Un lujo al alcance de pocos

La precariedad laboral y la falta de alquileres asequibles convierten la consecución de una vivienda en un reto casi inalcanzable

Se menciona con frecuencia, y lo corroboran las estadísticas del INE en base a las actuales tendencias demográficas, que en el futuro habrá más hogares con una persona sola. Y no serán solo ancianos -sobre todo viudas, que duran más que los maridos- por lo del aumento de la esperanza de vida y la baja natalidad. Serán también solitarios de varias edades y circunstancias: desde solteros y solteras encantados de serlo a divorciados de ambos sexos que, tras la ruptura matrimonial, acaben por duplicar hogares cuyo ocupante se pensará muy mucho si abrirlo al nuevo amor, en caso de que lo busque y en el más difícil de que lo encuentre.

Es el horizonte que se vislumbra en Córdoba, donde para el año 2039 (es la fecha fijada por el Instituto Nacional de Estadística, vaya a saber por qué) la proyección oficial es que 115.894 domicilios los habiten de uno en uno (subirán casi un 37% respecto a la actualidad) y otros 109.744 serán de dos miembros, bien parejas sin hijos o familias monoparentales, mientras los hogares de cuatro o más personas pasarán de los 70.979 del último recuento a 52.319, un 26% menos. Un panorama que ya empieza a notarse en los cálculos de los constructores, cada vez más reticentes a proyectar pisos de cuatro dormitorios que luego no tengan demanda, entre otras cosas porque costarían un riñón y parte del otro.

Pero la realidad está llena de contrastes, y en esto de la propensión a la soledad domiciliaria se dan en abundancia. Cierto que puede ser abrumadora aquí y en la China, uno de los países más poblados del planeta; allí triunfa una aplicación telefónica que pregunta cada mañana al usuario, joven o viejo: «Hola, ¿estás muerto?», para asegurarse de que sigue en este mundo y si no responde informar a un contacto. Sin embargo, frente a la soledad no deseada de muchos mayores hay otros que la anhelan, produciéndose situaciones que rozarían la comedia española si no fuera porque acaban resultando muy serias. Ocurre con los padres y madres que han pasado de sufrir por «el nido vacío» a hacerlo con el «nido lleno». La enorme crisis de la vivienda y la precariedad laboral empujan a no pocos hijos a permanecer en el hogar familiar hasta los 40 años o los que hagan falta. Eso si no se llegan a emancipar, porque están los que, habiéndolo hecho en su día –los llaman la generación boomerang-, se ven obligados a guardarse el orgullo y llamar a la puerta paterna en busca de refugio hasta que pase la tormenta. Lo peor es que a veces no acaba de irse, ni la tormenta ni los hijos, y surgen los problemas de convivencia. La frustración de unos progenitores que habían dado la mejor educación a sus vástagos para que volaran por su cuenta y ahora no se los quitan de encima ni con paños calientes frente a la desesperación de unos adultos que, tras haber renunciado a sus sueños, se sienten controlados como adolescentes.

Por otro lado, están los que, para evitarse el bochorno del regreso a casa poco menos que como okupas, optan por renunciar a la intimidad en la suya a cambio de no perder independencia. Y surge otro fenómeno social en aumento, los pisos compartidos. El alto precio de los alquileres y la falta de ofertas asequibles en un mercado sin piedad propician el realojamiento. Especialmente entre jóvenes que, incapaces de compatibilizar el pago de la hipoteca con el coste de la existencia, arrienda habitaciones con derecho a cocina y baño a otras parejas –también a inmigrantes- que a su vez buscan ahorrar para una vivienda propia. Es como volver a la época de estudiantes, sino que con más edad y desencanto. Como esto siga así, lo de El pisito de Ferreri se va a quedar corto. Y vivir en soledad será el mayor de los lujos posibles.

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