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Opinión | hoy

Córdoba, eme de perro

Pues aquí nos tienen, Excelente Señor Alcalde y Excelente Cohorte Consistorial, mirando al cielo para rogar que llueva y que llueva, a ver si así el cielo consigue limpiar esta Córdoba de emes de perro, ya que su digno mandato no lo consigue. Porque parece ser que los habitantes de nuestra excelente ciudad nos vamos volviendo cada vez más guarros. Es la señal más clara de estos tiempos decadentes. Seguramente no sabrá que es espantoso comprobar cada jornada cómo se va extendiendo la porquería de excrementos y orines por aceras, esquinas, farolas. Y ante este asqueroso, patético, ridículo problema, como se imaginará, no es cuestión de cerrar los ojos y mirar para otro lado. Sinceramente, Excelente Señor Alcalde, da asco y humilla y corta la digestión y pincha las ganas de pasear Córdoba, ir por sus calles, plazas, parques, sorteando excrementos de perro, tan bien puestos, y oliendo a orines, o comprobando con estupor los ya pisados por el incauto, el distraído, el abducido por el móvil; y más triste: el ciego, el de la silla de ruedas..., ahora que tanto gastamos en eso de la inclusión. No sabemos lo que le parecerá a su Excelente Señor, pero a nosotros hasta nos ha obligado a revisar nuestros mitos culturales. Por ejemplo, esos versos lorquianos, «Córdoba, lejana y sola», ahora son: «Córdoba, cagada y sola»; esos versos garciabaenos, «¿A quién pediremos noticias de Córdoba?», ahora responden: se las pediremos a esos y esas que no recogen las emes de sus perros; y ese final de «¡Oh flor pisoteada de España!», ahora aparece en el poemario: «¡Oh eme pisoteada de Córdoba!»; y ese texto azoriniano, «Horas en Córdoba», que dice: «Córdoba es una ciudad de silencio y de melancolía. Ninguna ciudad española tiene como ésta un encanto tan profundo en sus calles», ahora se edita: «Córdoba es una ciudad de eme y porquería. Ninguna ciudad española tiene como ésta tanta mierda de perro en sus calles», etc., etc. Sabemos que existen normas, pero aquí las normas se dictan para que los que las dictan se diviertan no preocupándose en que se cumplan. Multar quita votos. «¡Anda, perrito, caga!». Y para acabarnos de amolar, esas emes que conseguimos saltar, sortear, limpiar la suela en el borde del adoquín, sonrojados por la risa de quien pasa, «¡la pisaste, Burt Lancaster!», aparece ese tubo diabólico de Sadeco, o Sadico, o Sádico, levantando la porquería a la altura de la ventana, de la taza de café, del chupe del niño, y nos la mete, sí o sí, por la boca hasta los pulmones. De verdad, Excelente Señor Alcalde, ¿no hay manera de conseguir que no seamos unos guarros? ¿De verdad que tanto impuesto sólo sirve para extender más porquería?

*Es escritor

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