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Opinión | PASO A PASO

Edad baldía

Hay una edad en la que el hombre descubre, con esa vergüenza sorda con que se descubren las verdades más indecentes, que ha dejado de ser promesa y aún no se le concede el privilegio de la ruina honorable. Ya no pertenece a la juventud, esa mercancía litúrgica que nuestro tiempo sahúma con incienso publicitario, ni ha ingresado todavía en la ancianidad, a la que se tolera con una mezcla de compasión burocrática y fastidio higiénico. Se halla en medio, como un mueble robusto al que todos usan y nadie mira: ésa es la edad baldía de los cincuenta.

Sobre sus hombros descargan los hijos que no acaban de marcharse, los padres que empiezan a desmoronarse, las facturas que comparecen con puntualidad de verdugo y la obligación grotesca de mantenerse útil, flexible, sonriente, reciclable, como si el alma fuese una aplicación que pudiera actualizarse sin pérdida. Es la edad de los hombres y mujeres que apuntalaron la casa mientras otros discutían la decoración; los que hicieron cuanto se les dijo-estudiar, trabajar, obedecer, cotizar, aguantar- y al cabo descubren que la recompensa consistía en seguir tirando del carro con una discreción de mula bien criada.

Nuestra época, tan fecunda en jeremiadas sociológicas y en catecismos de usar y tirar, ha parcelado el dolor por generaciones, como si la tragedia humana cupiese en una etiqueta de mercado. Se adula a los jóvenes con la misma obscenidad con que se engorda un cerdo antes de sacrificarlo; se mima a los viejos porque ya no disputan el botín; y entre ambos queda esa legión de maduros a quienes se exprime sin homenaje, sin relato y casi sin nombre. Son demasiado viejos para la seducción y demasiado jóvenes para la piedad. Son, por decirlo crudamente, los braceros del presente.

Dante supo que en la mitad del camino aguarda una selva oscura. La nuestra no está poblada de fieras alegóricas, sino de despidos elegantes, hipotecas tenaces, achaques prematuros y ese miedo turbio a dejar de servir, que es la versión posmoderna del infierno. Porque hoy no se condena al hombre por pecador, sino por improductivo. No se le arroja al estercolero por malvado, sino por no resultar lo bastante dúctil para los capataces de la novedad.

Y, sin embargo, acaso en esa franja maltratada resida la última reserva de seriedad de una sociedad infantilizada. Ahí siguen los que sostienen, los que pagan, los que cuidan, los que callan. Quevedo habría reconocido en ellos a esos desdichados que cargan el mundo mientras los charlatanes reparten consignas. Conviene mirarlos antes de que sea tarde. Una civilización empieza a gangrenarse cuando convierte a sus maduros en bestias de carga, a sus jóvenes en fetiches y a sus viejos en trastos con pensión. Entonces ya no hay comunidad: hay administración de edades. Y bajo esa contabilidad infame se pudre el alma pública, que ya no honra al hombre por su fidelidad, sino por su rendimiento diario.

*Mediador y escritor

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