Opinión | ENTRE LÍNEAS
Diario de guerra (I): La consagración de Trump
Como he de reconocer que de esto de Irán no sé mucho, presto la mayor atención a todo el mundo. Incluso a Homer Simpson. Mientras iba y venía por casa, tenía puesto en TV la veterana y siempre ácida serie de animación y un iracundo Homer me dejó cavilando: «Nuestro deber como norteamericanos es limitar el poder absoluto de los multimillonarios o votarlos como presidente». Qué arte.
Fue el mismo día en el que vi esa distópica escena de una veintena de pastores evangélicos imponiendo las manos a Trump durante un rezo en el Despacho Oval. Si revisan la foto, casi parece una pintura renacentista, o mejor barroca. Puede que les recuerde a la última cena, palmas rogatorias vueltas hacia el centro de la composición como si se tratara de consagrar un pan anaranjado. La hostia de presidente. Y mira que los protestantes no son muy de sacramentos, al menos como los católicos.
«¿Pero esta guerra no era para derribar un gobierno teocrático?». Me pregunté. Para aclararme, me llegué a mi taberna de guardia, foro filosófico y político de primera magnitud, donde un parroquiano me dio más claves. «Lo que ha hecho Trump es una forma de congraciarse con los 40 millones de creyentes evangelistas de EEUU y seguir tocando las narices a las minorías católicas, y más con un Papa compatriota pero que es de los pocos del mundo que no le jalea la guerra», me dijo. Pero es más: «Los más interesados en proteger a Israel en EEUU no son los casi 8 millones de judíos que viven en Norteamérica, sino fuertes grupos de ramas protestantes que centran su fe en la Palabra. Tener a Israel en Palestina es demostrar la veracidad literal de la Biblia». Frente a esto, «esta guerra va a durar mucho más de lo que se piensa, porque los chiitas son los que en el Islam, como los católicos en el Cristianismo, más han interiorizado el concepto religioso del ‘martirio’. Lo que ocurrió al disolverse el ejército irakí, que pasó a engrosar Al-Qaeda, no va a ser nada comparado con lo que puede pasar en Irán».
«Oye... ¿te puedo citar en la columna?» Le dije a mi amigo, buscando dar al César lo que es del César. «Ni se te ocurra», me contestó. «¿Qué quieres? ¿Que me entren por la noche en el cuarto de baño los ‘navy seals’ y me secuestren?».
En todo caso, me quedé ese día con una reflexión: Dios está mucho más metido en esta guerra incipiente de lo que pensamos. Y como sea el mismo Dios de la Tierra Prometida, vamos apañados... Porque se la prometió a la vez a todos.
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