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Opinión | Calma aparente

Acelerón

Uno no siempre puede hacer lo que le apetece, por eso es importante aprovechar los claros que concede la vida. Esto no es fácil, puesto que a menudo prevalecen las preocupaciones y los problemas; el mérito radica, por tanto, en saber sortearlos. Mi padre, en ese sentido, era un virtuoso, zigzagueaba entre los obstáculos con ligereza. Se despejaba el horizonte y todo conflicto quedaba atrás; con él, la felicidad parecía una cosa sencilla, sin recovecos. No se dejaba embaucar por el exceso de teoría: tenía claro que la vida está por encima de la conciencia de la vida. Además, afrontaba lo pequeño y lo extraordinario con la misma desenvoltura, ya fuese una cerveza fría después de una mañana de trabajo en el campo o una ruta en moto por Marruecos; un desayuno en La Sultana o un viaje hasta la Bretaña francesa. Hay vidas que se hacen largas; otras se quedan cortas. El fundido a negro ha llegado demasiado pronto, pero ya me explicó que la injusticia forma parte del juego.

Música, cine, libros: no sé cuántos desayunos dedicamos, sin florituras intelectualoides, sin perder el tiempo, a volcar nuestro entusiasmo. Se nos escapaban los temas, no dábamos abasto. Ahora lo veo claro: estábamos condenados a quedarnos con ganas de más. Su media sonrisa albergaba la paradoja del medio de fino: era completa, rebosaba. Nunca fue un señor mayor. Siempre mantuvo algo de niño. Los días, como la moto, no lo llevaban a él, sino al contrario. Expandía su gozo a través de los demás. Si su hija bebía verdejo, él se aficionaba también; si sus amigos le proponían un plan, no titubeaba. No se daba importancia; se la daba a pocas cosas, a las que se entregaba. Cuesta creer que no aparecerá si lo llamamos. Sus nietos ya lo buscaban especialmente a él. Ahora nos sostendrá su impronta, la fortuna de nuestra intimidad.

Recogidas sus cenizas, fui con mi hermana a La Sacristía. Recurrimos al humor, a su humor, para que la pena no secase nuestras gargantas y nos dejase sin habla, porque su ausencia era una anomalía asfixiante. Sonaban marchas de Semana Santa, agudos de viento metal catárticos. En un momento de abstracción, soñé que aparecía en su moto frente a la taberna. Salíamos a la calle y nos montábamos con él. Entonces, las trompetas empezaban a chillar, y las paredes y los suelos se resquebrajaban. Él metía la primera marcha (¡clac!) y, antes de que las calles reventasen, nos sacaba de allí con un portentoso acelerón. «No te preocupes, guardé en mi cartera tu DNI», le decía al oído. Después de un contundente golpe de tambor, el silencio. ¿Otro café?

*Escritor

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