Opinión | Tribuna abierta
Desobedecer
La memoria hace trampas, pero todos sabemos dónde estábamos en determinadas fechas. ¿Será por la emoción que acompaña a esos momentos o por la capacidad de reconocer su importancia histórica? Recuerdo dónde estaba el 23 de febrero de 1981, el 11 de septiembre de 2001 y el 11 de marzo de 2014. Y evoco con mayor nitidez estas fechas que otras de hechos felices. Son recuerdos llenos de miedo y de rabia. Al rememorarlos, la primera impresión que viene a mi mente es el espanto que sentí entonces y el pánico que pensé que experimentaban los que eran víctimas de esa violencia, por encima de otras consideraciones más racionales, más centradas en su significado para la sociedad y para la historia. Supongo que cuando el miedo nos invade no deja sitio a otros procesos mentales más analíticos, menos viscerales, solo nos prepara para huir o, si es demasiado intenso, nos paraliza. Que ocurra en el pico del trauma es lógico, pero si después de años lo único que se rememora es esa emoción, quizá no lo sea tanto. Cuando daba vueltas al papel de las emociones en la evocación del pasado, vino en mi ayuda el artículo La confusión entre pensamientos y sentimientos, escrito por el psicólogo Fernando Cembranos (El País, 27 de febrero de 2026).
El autor nos describe un fenómeno social, el sentismo, que consiste en la tendencia a atribuir a sentimientos la categoría de pensamientos, de ideas, sustituyéndolos y, tras ocupar su espacio, arrinconarlos en nuestra mente. Si yo digo «siento que soy rechazada por mi compañero de trabajo» no es lo mismo que si digo «creo que soy rechazada por ese compañero». En el primer caso, sentir el rechazo no es demostrable, no puedo validarlo ni contrastarlo; una emoción no precisa que sea verdadera o falsa, existe por sí misma. Por el contrario, el creer algo me conduce a comprobarlo, a intentar validar si es o no correcto; una idea puede ser verdadera o no y lo podemos demostrar. Cuando creemos en un hecho, operamos con zonas del cerebro que implican pensamientos complejos, que sirven para relacionarnos con los demás, ponernos en el lugar del otro y resolver problemas indispensables para la supervivencia. El mundo emocional se sitúa en otra área, el sistema límbico, centrado en funciones más básicas de nuestro organismo. Uno se abre al exterior y otro al interior. Ambos sistemas, el intelectual y el emocional son imprescindibles, pero el desequilibrio entre ambos genera disarmonías y limita nuestra capacidad para desenvolvernos en la sociedad.
El sentismo, el desequilibrio a favor de los sentimientos que desplazan a las ideas, puede ser especialmente peligroso en momentos como el actual, en que debemos juzgar acontecimientos de tanta importancia como el que está sacudiendo el orden mundial. Ahora toma forma, más aún que antes, la posverdad, las mentiras repetidas tenazmente para disfrazar de lícita una guerra que no lo es. (No sé si hay guerras lícitas, más allá de la defensa para sobrevivir). Unir las mentiras a amenazas por no suscribir una guerra, por no querer formar parte del ejército de sumisos que acompañan a los bárbaros que la han desencadenado, nos obliga a hacer un esfuerzo mental para juzgar la realidad con inteligencia. El miedo es una emoción que, si se prolonga, puede transformarse en un sentimiento como la inseguridad y la indefensión, haciéndonos creer que no podemos cambiar la situación en la que nos encontramos.
¿Cómo combatir el miedo? Reconociendo que está en nosotros, observando a los que nos intimidan y desmontando sus mentiras con hechos, no con emociones ni sentimientos. Los matones no argumentan, amenazan, por eso hay que escucharlos atentamente y, entonces, desobedecer.
*Psiquiatra
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