Opinión | El cuerpo en guerra
La vida pequeña
¿Estamos sumidos ya en la Tercera Guerra Mundial?
¿Estamos sumidos ya en la Tercera Guerra Mundial? No tengo muy claro qué está pasando fuera de mí. Lo digo desde la total humildad y sinceridad de quien, con ojos llorosos, reconoce que no puede con más, que no da. Ni su cuerpo ni las horas. Hace ya unos meses que me di cuenta que no podía seguir el devenir de la realidad porque lo cierto es que mi mundo se ha vuelto muy pequeño y en él casi no hay espacio para ver a las amigas o todas esas cosas que salvan el alma, como los recitales, el teatro, los conciertos, el cine.
De hecho, no da ni para devolver llamada o mensajes de personas a las que quiero o mantenerse al tanto de la salud de la familia. ¿Cómo estar informada de las noticias que se acumulan cada segundo y acarrear el sufrimiento que conllevan? No puedo. Tuve que reconocerlo y aceptarlo. Me duele, va en contra de mis principios, pero es lo que hay.
Mi realidad responde ahora al bucle rehabilitación-médicos-dolor-cansancio-sueño. Las lesiones cerebrales incrementan el cansancio que supone todo y la necesidad de dormir, la sensibilidad visceral es mayor desde entonces también, por lo que mi dolor es más agudo desde que salí del hospital. Vivo cansada, respiro cansada. Todo parece «subir el Everest». Y me esfuerzo. Me esfuerzo tanto... que el dolor y el cansancio son abismales. Eso hace que la vida haya quedado reducida a su mínima expresión y hasta que sienta que «yo» estoy desapareciendo.
Ahora habito lo que he convenido llamar «la vida pequeña». En ella sólo cabemos mi gata y yo, el sofá, los libros que consigo que lleguen a casa y las series o películas que veo, siempre conectada a mi manta eléctrica, aunque muchas tardes simplemente quiero no hacer nada, dejar en pause la cabeza, a ver si así... Pero no. Siempre no.
Haber estado a punto de morir, el ictus, mi dolor, las secuelas, la depresión y ahora el duelo. Ha sido demasiado. Es demasiado. Continuamente rozando el límite físico y emocional de una misma. Y me siento tremendamente sola, no porque no cuente con apoyo, sino porque esta vida pequeña sólo la conozco yo, sólo la habito yo. Este sufrimiento es sólo mío.
He podido con demasiado muchas veces, tanto que algunas personas no son capaces de entender por qué ahora me resulta todo tan difícil. Os lo aseguro: llega un momento, en el que deja de ser innato sobrevivir o aspirar a la vida, a seguir. A veces una sólo quiere desaparecer.
*Escritora
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