Opinión | No Ni Ná

Periodista
Del volumen del móvil
Están las autoridades sanitarias y no sanitarias muy preocupadas por lo de los teléfonos móviles, los chavales y las redes sociales, cosa que está muy requetebién. El personal dice estar dispuesto a prohibir a quien tenga menos de 16 años el acceso a esos chismes, cosa para la que se le desea suerte al personal. Ha sido siempre este país de decir que se van a aprobar normas perfectamente inaplicables, para las que ya existen puertas traseras de fácil acceso. Hombre, quizá una opción sea la de poner los medios educativos (por ejemplo, ordenando ese puro caos que tienen montado en las aulas) para que sean las mentes críticas quienes elijan qué nuevo invento les proporciona la alienación.
Sucede, sin embargo, que niños y mayores -fundamentalmente, estos últimos- parecen haber tomado la determinación de que el móvil ha dejado de ser un objeto de consumo personal para convertirse en una prolongación de la tele de casa, en un cineclub abierto a debate. Sucede que está usted en la consulta del dentista, pongamos un lugar desagradable, y aparece ese sujeto (o esa dama) que considera que todos tenemos que saber cómo ha comido la niña, el resultado de la Copa del Rey, contemplar a Rosalía brincando en los Brits. Y ahí tiene usted a la gente poniendo cara de querer asesinar al televidente, con semblantes de resignación y pena, por su condición de jartible y maleducado.
Quiera usted o no, en esos instantes de recogimiento tan gratos para la lectura, ahí tiene usted a la señora metida en años divulgando la receta de las albóndigas, el producto necesario para retirar la cal de los azulejos, el vídeo sobre la expansión del universo o el paso de tal cofradía por tal esquina. El indudable interés de ese material, sumado al potente sistema Dolby del telefonillo, hace que ese caballero comparta sus intereses con medio mundo. Cómo hemos estado todo este tiempo sin saber dónde comerse los mejores flamenquines, sin esos creadores de contenido. Porque el botón de bajar volumen, de ser para sí, no parece ser una opción. Se ha llegado a la norma universal de estos tiempos que, puestos a molestar, molestemos.
Se le vaya a ocurrir pedirle a esa buena señora que reduzca los decibelios, que hasta las gónadas nos encontramos del estado de salud de su bloque. Y la mala fama siempre la carga la chavalería cuando las viejas con móvil, ay, son las peores. Ahí tiene usted al abuelo, a la abuela, que se pone a voz en grito la última majarada, la conspiración más inefable, con cara de mosqueo si se le pide contención, mesura, un poco de caridad cristiana. No se le ocurra expresarle de forma sosegada que está usted harto de escuchar tonterías y pegos, que estará invadiendo su espacio vital y menoscabando sus derechos.
Pues sepa usted que esa gente que lleva el móvil a todo trapo en cualquier circunstancia, consumidores infatigables de las más acreditadas tonterías, también vota.
*Periodista
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