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Opinión | Punto y coma

Permanecer hasta el final

Mientras Oriente vuelve a estremecerse y el mundo se acostumbra a vivir en un sobresalto permanente, aquí, en el ámbito nacional, se libran batallas silenciosas. En las alfombras rojas, algunos alzan la voz cuando la causa les resulta rentable y, sin embargo, callan deliberadamente cuando no les garantiza subvenciones.

No obstante, el verdadero desgaste de una sociedad a veces no ocurre bajo los focos, sino en silencio, en el ámbito local. Decía Antonio Machado que su infancia eran recuerdos de un patio de Sevilla. La mía -y la de mis hermanos- son recuerdos de un patio cordobés que hoy llora porque está condenado a desaparecer tal y como lo conocimos. Durante más de cuarenta años, Manolita cuidó sus plantas. Entregó su tiempo, su esfuerzo y su propio dinero al servicio de una comunidad que, sin valorar precisamente la constancia ajena, disfrutaba del olor a jazmín y de la belleza del patio que era propiedad de todos. Los propietarios de siempre vendieron. Sabían que las casas ya no acogerían a familias, sino rotaciones constantes de viajeros. Lo sabían y, aún así, vendieron. Y el negocio, cuando se instala sin límites, no entiende de macetas ni de afectos.

Ahora se marchitan las flores de Manolita, se marchita el respeto por quien estuvo antes y se marchita la idea misma de comunidad; se marchita un patio y, con él, una forma de estar en el mundo. A pesar de todo, Manolita permanece. Aunque nadie le haya dado las gracias y el patio sea destrozado por ruedas de maletas y colillas de quienes no crecieron en la casa que desprecian, ella permanece. Y quizá esa sea la última resistencia posible: permanecer hasta que ya no se pueda más.

*Lingüista

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