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Opinión | Paso a paso

Memoria selectiva

En estos tiempos de catecismos laicos, la memoria se ha vuelto una sacristía de partido: se entra en ella no para arrodillarse ante los hechos -ásperos, impuros, contradictorios- sino para escoger, como quien elige fruta, lo que conviene al paladar del presente. Ya no se recuerda para entender, sino para vencer. Y cuando la Historia deja de ser una lámpara y se convierte en una porra, el que termina a oscuras es siempre el mismo: el ciudadano.

Se ha instalado la superstición de que el pasado es un arsenal infinito de munición moral. Se invocan víctimas con megáfono y se administran silencios; se desempolvan agravios y se archivan matices; se levantan estatuas y se derriban nombres. Cada bando fabrica su santoral y su infierno, y a falta de teología -que al menos exigía coherencia- nos queda la liturgia del titular: condenas rápidas, absoluciones instantáneas, indignación de quita y pon. «Quien controla el pasado controla el futuro», advirtió Orwell; pero aquí hemos refinado el truco: controlamos el pasado para no tener que responder del presente.

Porque el presente, ay, exige trabajo: presupuestos, hospitales, escuelas, justicia que funcione, una vida común que no sea trinchera. Eso cansa. Por eso se prefiere el tribunal del pasado: allí se dictan sentencias sin pruebas nuevas y se cobra el impuesto de la culpa a los de siempre. En cambio, el ayer ofrece la comodidad del aplauso fácil: basta señalar una foto en sepia, pronunciar la palabra correcta, encender una vela mediática y ya parece que uno ha hecho algo. La memoria convertida en performance: una coreografía de duelo con fotógrafos, una procesión de consignas donde la emoción suplanta a la prueba y el gesto reemplaza al argumento.

Lo más triste no es que se mienta -la mentira es antigua- sino que se haya vuelto obligatoria, con su uniforme de virtud. La memoria selectiva no busca justicia, sino obediencia: que repitas la consigna correcta, que llores donde te mandan, que calles donde incomoda. Y así el dolor ajeno, en vez de convocar compasión, se convierte en moneda: se cambia por votos, por prestigio, por superioridad moral. Se mercadea con las víctimas como con cualquier símbolo: a fuerza de explotarlo, se le arranca el alma.

Frente a esa guerra de recuerdos, la decencia consiste en una resistencia modesta: aceptar que la Historia no cabe en pancartas; admitir que hubo héroes manchados y villanos con gestos humanos; comprender que la verdad suele llegar con barro en los zapatos. Recordar, sí, pero sin usar el recuerdo como cuchillo. Y acaso también aprender a olvidar con dignidad: no borrar, sino dejar de agitar el pasado como banderín de odio.

Porque cuando uno hace del ayer un arma, termina amputándose el mañana. Y un país que vive en el ajuste de cuentas perpetuo acaba sin cuentas y sin país: solo con resentimiento, esa pobreza del alma que se hereda, se contagia y, si no se cura, gobierna.

*Mediador y escritor

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