Opinión | Feminismo
Invitar a los chicos
La huelga feminista de 2018 consiguió el apoyo del 82% de los españoles, según las encuestas del momento. El aire olía a revolución por la igualdad. Hoy, los vientos soplan en dirección contraria. La publicación del nuevo barómetro de Fad Juventud constata el desprecio al feminismo por parte de los más jóvenes.
Analizando los cinco barómetros que se han realizado desde 2017, se detecta un aumento de la polaridad y un retroceso en algunos de los postulados igualitarios. Casi un 30% de los hombres jóvenes creen que los celos son una prueba de amor, la mitad de ellos se sienten desprotegidos ante las denuncias falsas y, en general, se acrecienta la apatía hacia la violencia de género. Los estereotipos de género tradicionales están calando con fuerza, también en las chicas, lo que desdibuja la conciencia sobre la desigualdad.
Un cúmulo de errores del propio feminismo y un contraataque feroz del patriarcado nos han llevado hasta aquí. Aquel 8 de marzo de 2018, el movimiento se tornó más plural que nunca. La incorporación entusiasta de las más jóvenes animaba las alianzas con todas aquellas personas que, de un modo u otro, eran discriminadas por el sistema. Pronto, la reacción ultra y los intereses partidistas cuartearon la ilusión. Unas se autoproclamaron únicas propietarias del feminismo y se asentaron en la transfobia. Otras se atrincheraron en sus dogmas sin capacidad de autocrítica. Se impuso una visión punitiva, negando la justicia restaurativa en los delitos sexuales: el hombre como eterno opresor y la mujer como víctima perpetua.
En las aulas, mientras ellas se sentían protagonistas de una revolución colectiva, ellos obtenían peores resultados académicos, se hacían un lío con el consentimiento y, a través de las redes, les llegaba un batiburrillo de mensajes que les reclutaba para otra guerra. Lo suyo era cimentar el individualismo en torno al concepto de propiedad: el gimnasio como templo para ser dueños de un cuerpo más fuerte, sermones de gurús para creerse los únicos amos de su destino, pornografía como escuela de dominación y el odio al migrante como campo de batalla.
El mensaje ultra a los hombres jóvenes es claro: el feminismo te regaña y te quiere pequeño, pero tú eres el señor de tu cuerpo, de tu futuro, de la tierra que pisas y de los seres inferiores. En la lógica patriarcal, hasta el hombre más mísero es dueño de algo: su mujer. En Afganistán vemos su versión más brutal: el nuevo código penal talibán establece castigos más severos por el maltrato animal que por la violencia contra las mujeres.
En estos últimos años, el feminismo se ha desgastado. Podemos enzarzarnos en acusaciones sobre su devaluación o centrarnos en combatir un patriarcado que no solo es machista, sino que es un entramado de opresión clasista, racista y homófobo. Un sistema que también subyuga a esos chicos que relativizan la desigualdad y la violencia. Hay que escucharlos, invitarles al diálogo y recordarles que la felicidad no está en la fortaleza, sino en la libertad. Sus abuelos tardaron en darse cuenta.
*Escritora
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