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Opinión | Cosas

El gato cuántico

Uno de los grandes divertimentos de la física cuántica es la paradoja del gato de Schrödinger, que apunta a la existencia de universos paralelos, tan jugosos para la ciencia ficción. Este físico austriaco planteó el siguiente razonamiento: en una caja totalmente cerrada (cuyo interior no se puede ver desde fuera) tenemos a un gato junto a una botella de vidrio que contiene veneno que al inhalarlo hace que el gato muera; un martillo; un receptor de electrones que, cuando detecta uno, deja caer el martillo, rompiendo la botella y liberando el veneno; y un receptor igual pero que cuando detecta el electrón, impide la caída del martillo, y, por tanto, la muerte del gato. Es decir, el gato puede estar vivo y muerto a la vez. Esta paradoja sería inviable para los cuerpos de masa grande, pero no para las partículas subatómicas, gracias a su propiedad de superposición cuántica. Pero el truco se quiebra cuando es observado desde el exterior, lo que nos impide simultanear al gato vivo y al difunto, por muchas siete vidas que le otorguemos.

He acudido al minino de Schrödinger para columbrar las asombrosas realidades paralelas que se han cruzado entre España e Irán en las últimas siete décadas. Como si fuera la nana de su baraka, a Franco lo salvaron tres visitas internacionales: la primera, la de Evita, con sus visones y su inconcluso maná de ternascos; la tercera, la de Eisenhower, pelillos a la mar con la foto de Hendaya porque nuestro regordete dictador contaba con los hisopos de la guerra fría. Y en medio, la del 57, el Sha trayendo la taumaturgia de Oriente con la que no podían rivalizar las capas de la guardia mora. Al mundo le importaba un pito nuestra autarquía; no así la pueril fiebre de las nacionalizaciones si el petróleo estaba de por medio. Cayó Nasser por taponar el canal de Suez, y el primer ministro persa Mosaddegh por sostener que estos barriles de crudo son nuestros. A la dinastía Pahlaví le compensaron la sumisión a Occidente con los azucarillos de la ostentación. El Sha y su tercera esposa se coronaron como emperadores en el 67, el lisérgico año del Sargent Peppers y de un Paco Martínez Soria blanqueando las negruras del Régimen.

En el 79 nuestra Constitución desbrozaba una tierra incógnita, mientras que en Irán los jacobinos se trasmutaban en ayatolás. Es difícil disociar aquellos noticieros de los primeros burkas en Teherán con la banda sonora de la movida. Y Ben Affleck nunca fue tan grande, dirigiendo aquella película en la que se narraba la esperpéntica liberación de los rehenes de la embajada norteamericana. Llegó el insigne 89, con la caída del muro de Berlín, pero también con la fetua que Jomeini dictó para Salman Rushdie, los grilletes perpetuos del fanatismo ante la libertad creativa. La antigua Persia, convertida en un Estado teocrático, ya no especulaba con el almizcle, sino con el uranio. Todo lo contrario que nuestro país, tan solícito con los yanquis, a los que solo exigimos aquel frío baño de Palomares para aplacar a esa fortuna que no hizo estallar las bombas de hidrógeno.

Un Estado que masacra sin miramientos a sus compatriotas carece de cualquier hebra de legitimidad. Pero no contemplo en los atacantes que sea pastoril esta filantropía de los misiles. Las causas justas se disuelven cuando se hacen pedorretas al orden internacional y una huera egolatría se enmascara en la justicia universal. Irán es el enésimo polvorín definitivo, el que nos acerca un poco más hacia el abismo. Nuestro anhelo es una próxima generación de dirigentes, que no se obcequen en ver al gato de Schrödinger muerto.

*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor

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