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Opinión | Para ti, para mí

La cultura de la intrascendencia

La liturgia de la Iglesia celebra hoy el segundo domingo de Cuaresma, con un evangelio que tiene un brillo especial, el de la «Transfiguración» de Jesús en el monte Tabor, donde ha subido con tres de sus discípulos. El momento cautiva a Pedro, quien sugiere hacer tres «chozas»: una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías. Es Dios mismo quien hace callar a Pedro. «Todavía estaba hablando, cuando entre luces y sombras, oyen su voz misteriosa: ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo a él’». Los discípulos caen por los suelos «llenos de espanto». Jesús se acercó y tocándolos les dijo: «Levantaos, no temáis». Todavía hace unos años era la religión la que ofrecía a la mayoría de las personas criterios para interpretar la vida y principios para orientarla con sentido y responsabilidad. Hoy, por el contrario, son bastantes los que prescinden de Dios para enfrentarse solos a su vida, sus deseos, miedos y expectativas. No es tarea fácil. Probablemente nunca le ha resultado a la gente tan difícil y problemático detenerse a pensar, reflexionar y tomar decisiones, sobre sí misma y sobre lo importante de su vida. Vivimos sumergidos en una «cultura de la intrascendencia», que ata a las personas al «aquí» y al «ahora», haciéndoles vivir solo para lo inmediato, sin apertura alguna al misterio último de la vida. Nos movemos en una «cultura del divertimiento» que arranca a las personas de sí mismas y les hace vivir olvidadas de las grandes cuestiones que llevan en su corazón. El hombre de nuestros días ha aprendido muchas cosas, está informado de cuanto acontece en el mundo que le rodea, pero no sabe el camino para conocerse a sí mismo y construir su libertad. Muchos suscribirían la oscura descripción que hacía el director de ‘La Croix’, G. Hourdin, hace algunos años: «El hombre se está haciendo incapaz de querer, de ser libre, de juzgar por sí mismo, de cambiar su modo de vida. Se está convirtiendo en el robot disciplinado que trabaja para ganar el dinero, que después disfrutará en unas vacaciones colectivas. Lee las revistas de moda, ve las emisiones de televisión que todo el mundo ve. Aprende así lo que es, lo que quiere y cómo debe pensar y vivir». Por eso, ante este panorama, necesitamos más que nunca, no solo desde la orilla de la fe sino desde el andén de la vida, atender la llamada evangélica: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo». Necesitamos pararnos, hacer silencio, -para eso precisamente llega la Cuaresma-, detectar nuestras sombras, nuestras pequeñas o grandes angustias, examinar nuestras conciencias libres y abrir los «oídos del corazón» para escuchar a Dios, revelado en Jesús. Escuchando a Dios encarnado en Jesús descubrimos nuestra pequeñez y pobreza, pero también nuestra grandeza de seres amados infinitamente por él.

Cada uno de nosotros es libre para vivir escuchando a Dios o dándole la espalda. Pero, en cualquier caso, hay algo que hemos de recordar todos, aunque resulte escandaloso y contracultural: vivir sin un sentido último es vivir de manera ‘in-sensata’; actuar sin escuchar la voz interior de la conciencia es ser un ‘in-consciente’. Probablemente es el miedo lo que más nos paraliza a los cristianos en seguir a Jesucristo. En la Iglesia actual hay pecado y debilidad, comenta un gran teólogo, pero hay sobre todo miedo a correr riesgos: «Miedo a lo nuevo, olvidando que el Concilio Vaticano II afirmó de manera rotunda que en la Iglesia ha de haber una constante reforma, pues como institución humana la necesita permanentemente». Tenemos también miedo a asumir las «tensiones y conflictos» que lleva consigo buscar la fidelidad al Evangelio; miedo a la «investigación teológica creativa»; miedo a «acoger a los pecadores» como lo hacía Jesús; miedo a hablar de los derechos humanos dentro de la Iglesia; miedo a reconocer prácticamente a la mujer un lugar más acorde con el espíritu de Jesús». Puede que «escuezan» las palabras del teólogo, pero deben ser para los creyentes una sugerente reflexión cuaresmal. Y los versos de aquel poeta angustiado, Dámaso Alonso, invocando a Dios: «Oh, Dios, / no me atormentes más, / dime qué significan / estos monstruos que me rodean / y este espanto íntimo que hacia ti gime en la noche».

*Sacerdote y periodista

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