Opinión | Cielo abierto
El premio de la librería Luque
Siento que estoy entrando no solo en una librería, sino en un espacio de felicidad
Cuando cruzo la puerta de la librería Luque una parte de mí encuentra su equilibrio y se armoniza con todas las escenas de mi pasado en ella. Soy esto de aquí, esta sensación al entrar en sus distintas sedes, la actual y también otras que he conocido; soy estos libros, estas estanterías, soy este silencio y también el bullicio de otros días, a final de año, con la cola del mostrador hasta el fondo. Quienes hemos entrado en la librería Luque hemos encontrado una respuesta: no sólo por la calidez y por la calidad de los libreros, sino por el cariño permanente hacia el libro en su disposición, en los estantes bien distribuidos que parecen poder precipitarse en un horizonte de lectura que siempre promete horas de dicha, vidas encadenadas, voces que nos reclaman desde lo más profundo de nosotros mismos.
Mi placer en la librería Luque comienza no al comprar un libro, ni cuando los voy cogiendo de los anaqueles, uno por uno, y les echo un vistazo, a algunos sobre los que ya he leído algunas opiniones recientes y también otros, más lejanos en el tiempo, que siempre he querido leer, sino cuando entro, y toda esa atmósfera me habita, y también me acoge. Cuántas veces me he perdido al caminar por cualquier ciudad, he terminado entrando en una librería, y ese primer momento siempre me ha evocado la primera vez que estuve en Luque, en la calle Cruz Conde, hace un millón de años, cuando me llevé la antología Alada mía, de Juana Castro, y ella, que andaba por allí, me lo dedicó. Es un libro estupendo, total, que me acompañó mucho en mis primeros años en Madrid y también me descubrió una voz genuina y nuestra. Alguna vez lo he recordado con ella, y fue muy especial que fuera en Luque. Cuánto tiempo ha pasado y cuántas vidas, rostros y voces que también se van quedando atrás, cada uno dentro de sus biografías y sus libros.
Por eso me ha alegrado tanto la noticia de su premio por su trayectoria en el 27º Congreso de Librerías organizado en Valencia por la Confederación Española del Gremio y Asociaciones de Libreros. Por Javier, por Andrés, por Esther, por todos los que están y estuvieron. Recuerdo cuando publiqué mi primer libro: qué emoción al verlo en el escaparate. Por eso siento que estoy entrando no solamente en una librería, sino en un espacio de felicidad. Los escritores estamos solos cuando escribimos, entre el texto y nosotros, y es imprescindible que sea así. Pero no estamos solos: los lectores están, los libreros están. Me encanta ir a Luque porque recupero al muchacho que fui, que sólo aspiraba a la belleza y a contar historias. Seguimos resistiendo y celebrando esa vida infinita, con sus ecos despiertos, de todos esos hombres y mujeres que fuimos y seremos.
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