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Opinión | solidarios

La educación que minusvalora nuestra historia

Un profesor de Historia pregunta en clase: «¿Quién fue Blas Infante?» Y un alumno responde, con absoluta naturalidad: «Una estación de metro». No hay risa. No hay ironía. Solo un vacío que hiela. Ese vacío refleja un fracaso colectivo: el olvido de nuestra propia historia.

Ese mismo joven habrá celebrado el Día de Andalucía: habrá cantado el himno con la flauta, probado el pan con aceite, visto ondear las banderas verdes y blancas. Ritual cumplido. Conciencia ausente. Porque nuestra historia, la que nos dio alma, raíces y dignidad, sigue estando en los márgenes del currículo educativo.

Blas Infante no merece ni una página completa en los libros de texto. El andalucismo histórico ocupa una o dos páginas; la autonomía, unas pocas más. Menos del 1,5 % del contenido total. Mientras tanto, la historia general de España se extiende a decenas y decenas de páginas. Nadie lo cuestiona. Pero nuestra historia, la historia de Andalucía que construye nuestra identidad, queda casi relegada a la invisibilidad. Así nacen jóvenes que ignoran a Blas Infante, desconocen la sangre derramada de García Caparrós, y que no saben que la autonomía andaluza no fue un regalo, sino una conquista del pueblo.

La responsabilidad no es de la juventud. La responsabilidad es de la política educativa, que decide que nuestra historia sea secundaria, e incluso borrada. Cada 28 de febrero, el espectáculo se repite: banderas, himnos, medallas, discursos… mucho gesto, mucha emoción, poca memoria, poca conciencia.

Olvidar nuestra historia es traicionar a los que nos precedieron. Olvidar a Blas Infante es traicionar a Andalucía misma. Su legado no pertenece a gobiernos ni a políticos: pertenece a nuestro pueblo. Un legado que perseguía la consecución de la autonomía con tres objetivos: activar la conciencia del pueblo andaluz para autogobernarse, resolver los problemas andaluces (empezando por el de la tierra) y sentar las bases de una compleja estructura confederal construida de abajo arriba.

Cada página que no se escribe, cada clase que no se da, cada nombre que se borra nos aleja de lo que somos. Y así, Blas Infante deja de ser un hombre con ideas, sueños y sacrificios para convertirse en el nombre de una estación de metro.

No permitamos que nuestro pasado se diluya. Las voces del 4 de diciembre y los votos del 28 de febrero, que reclamaban autonomía plena y verdadero autogobierno andaluz, se fueron diluyendo por los sucesivos gobiernos de la Junta de Andalucía, dirigidos por políticos pertenecientes a los mismos partidos centralistas, que asumieron y asumen sin fisuras el guion dictado por la Unión Europea y por los gobiernos de Madrid y Bruselas, consolidando un modelo que relegó a Andalucía a mero espacio de ocio y turismo, a enclave estratégico de defensa y a frontera vigilante y gendarme del Sur. Un programa político que supuso el desmantelamiento de la ya débil estructura industrial andaluza, normalizó el paro e institucionalizó la precariedad.

Blas Infante soñó con una Andalucía que enseñara la paz. Sabía que las armas solo sirven para destruir la vida. Él soñaba con una nación libre y justa, acogedora y mestiza, como corresponde a su legado histórico. Blas Infante luchó por las familias jornaleras, para que pudieran cultivar como propia la tierra que trabajaban. Impulsó el Proyecto de Autonomía para Andalucía en 1933 y defendió la educación pública, que reduce desigualdades, nos enseña nuestra historia y nos forma en valores, derechos humanos, respeto y cuidado del medio ambiente.

Como diría el Padre de la Patria Andaluza: «Ha llegado la hora de que Andalucía despierte y se levante para salvarse a sí misma».

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