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Opinión | caligrafía

Cofradía del Lechón Ibérico de Cardeña

Doña María Isabel, Presidenta, con su venia. Le dirijo la presente, con la publicidad gloriosa que dan los dos millones de lectores mensuales de este periódico, no entremos en matemáticos detalles y en imponderables del papel; para solicitar mi ingreso, en la más humilde condición, en la institución que usted dirige. Como dirige usted muchas instituciones, especifico que hablo de la Cofradía del Lechón Ibérico de Cardeña. Mire: Córdoba está rendida al fla-menquín, al rabo de toro y al salmorejo. Hay una especie de anarquismo satisfecho en los amantes de los caracoles y los callos, que yo contemplo pero no puedo abrazar, pero parece que ahí muriera el horizonte. Estos platos, ¿cómo van a ser tan tradicionales, si hace dos mil años no se podían hacer? Pero sí se hacía, yo lo siento en un eco de la sangre como absoluta verdad, el lechón hace dos mil años, o se podía hacer al menos, porque se limita a lo esencial. El cerdo ibérico y el aceite de oliva. Si los deshielos de la historia se produjeran por entero quedarían dos piedras en España, de oropel y supervivencia: el cerdo ibérico y el aceite de oliva. Para mí es el auténtico plato de Córdoba (y no hablo de la ciudad, sino de la argamasa espiritual de toda la provincia) . Le confieso, por hacer méritos pero sin faltar a la verdad, que cada vez que en otro lugar me ofrecen lechón yo invoco a Cardeña, y si me busco enemigos no me amilano y doy idénticas estocadas al plato que a los que me increpan, sean paisanos o forasteros o ciudadanos extracomunitarios que no entienden por qué me pongo así. Lo que le digo, Presidenta, es que a espada ya defiendo, pero me falta la capa.

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