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Opinión | punto y coma

Coacción, coaccionar, coaccionados

El hecho de que alguien no quiera coaccionar a otra persona abiertamente no implica que esta no pueda sentirse coaccionada por el comportamiento, el estatus que ocupa, el carisma de que hace gala o las relaciones interpersonales que tenga aquel. Así, si bien «coacción» se define como ‘fuerza o violencia que se hace a alguien para obligarlo a que diga o ejecute algo’, el DLE ofrece para este término algunos sinónimos que implican situaciones relacionadas con la falta de libertad que se experimenta y que no tiene que estar unida directamente a la intención del otro.

En efecto, puede que un individuo no tenga la voluntad de presionarnos, pero ello no es óbice para que sintamos «coerción», «conminación», «intimidación» o «presión». Parece que estos sustantivos conllevan mayor suavidad que vocablos parcialmente equivalentes como «amenaza», «extorsión», «chantaje» o «imposición». Pues bien, estas reflexiones semánticas nos llevan a preguntarnos hasta qué punto somos completamente libres para obrar como lo haríamos si no nos sintiésemos intimidados. Observando a nuestro alrededor, descubrimos que en los institutos hay profesores que se sienten presionados, por ejemplo, por tener que impartir clases a los hijos de algunos compañeros.

Entre los políticos y asesores, quienes duermen en la cárcel se sentirán coaccionados por alguien y porque todo aquello que conocen pondría en peligro a sus familias. Por su parte, quien aparentemente mande en un país recibirá presiones que no le permitan proceder con libertad. Ciertamente, la situación se agravará a medida que se escale en los puestos de mando. Con este panorama, por tanto, afortunados aquellos que se sientan libres y no se inhiban de hacer lo que no harían si se sintiesen coaccionados.

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