Opinión | SALIDA DE EMERGENCIA
ÁNGELA LABORDETA
Aquel 23 de febrero
Por un lado las cosas suceden y luego suceden para cada uno de nosotros. El 23 de febrero del año 1981 tenía trece años y, como si tuviera un presentimiento, el día se me oscureció cuando mamá me dijo que no iría a clase de francés. «¿Por qué?», le pregunté. Como buena madre me dijo: «Porque lo digo yo». Y yo me quedé parada y triste porque en esa clase había un chico al que le gustaban mucho los helados con sabores brillantes y mientras la profesora hablaba, él me los dibujaba en su libreta y yo los degustaba en mi imaginación y en esos instantes todo parecía estar bañado de esos sabores que eran de coco, marfil y arándanos o de café, rosa y oliva. La magia del primer amor. Pero ese día no habría helados en su libreta ni mariposas en mi estómago, porque unos señores, muy lejos de mi amigo y sus helados, habían decidido entrar en el Congreso de los Diputados y dar un golpe de Estado y pegar unos cuantos tiros para que la cosa pareciese más severa, también más seria y sobre todo muy oscura. «¿Ahora entiendes por qué no te he dejado ir a clase, verdad?», me preguntó mi madre y le dije que sí porque también me contó que papá ese día no dormiría en casa.
En ese caso no pregunté la razón, sabía que a mi padre no le gustaban esos señores tan serios y entendía que si a él no le gustaban ellos a ellos él tampoco les gustaría y quizá por eso se había escondido en algún sitio que no sabíamos cuál era, por eso y porque además esos señores llevaban pistolas y parecían tener muy mal genio. Y fue por eso que aquella tarde en mi casa se impuso un silencio férreo que mi abuela y yo salvamos preparando pasta de croquetas e inventándonos historias que eran de verdad aunque pareciese que no. La abuela me dijo que no iba a pasar nada, que el rey lo arreglaría todo y que teníamos que estar tranquilas porque mi madre estaba muy nerviosa. Yo sonreí y le dije que lo del rey se lo había inventado y ella no dijo ni que sí ni que no, solo que seguro que el rey y Adolfo Suárez lo arreglaban todo.
Alguien, en la radio o en el patio de vecinos, habló de Valencia y de los tanques y entonces sí me inquieté y le dije a la abuela que igual el rey no era tan listo y ella dijo que quizá, pero que mejor pensar que sí, porque ella otra guerra no pensaba vivirla, no podría aguantarla. «Y tú menos, mi dulce amor», susurró, y sus ojitos pequeños y negros se hicieron más pequeños y negros y a mí se me escapó una lágrima por las cosas que ella recordaba y que yo no quería vivir si al final los señores armados conseguían ganar.
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