Opinión | LA CAFETERA DE ASPASIA
Príncipes verdes
Érase una vez, un país muy, muy lejano, en el que vivía un singular príncipe que acabó detenido por la justicia. Le llamaban ‘el príncipe Verde’ porque, jamás, había tenido la categoría suficiente para llegar a ‘Azul’. Nunca fue un ser amable, ni generoso, ni paciente… ni trabajador. Por el contrario, era un ser sin encanto, un inútil mimado que rebosaba egoísmo, lleno de caprichos, que se creía con derecho a cualquier cosa porque todo le parecía insuficiente para él. En realidad, la nada era su mayor logro personal: no hacer nada, no aportar nada a su mundo. Su inutilidad era tal que la acidez amarilla de saberse una insignificancia le había corroído siempre de manera que había intoxicado sin piedad ese azul que, por sangre, le correspondería en otras circunstancias, como a cualquier príncipe de cuento. Así, un verde agrio le invadió constantemente, durante toda su vida.
A lo largo de los años el Príncipe Verde fue encontrando otros amigos poderosos y elitistas… igual de verdes (o más intensos), de los que emanaban un color más turbio, un verde oliva que viraba hacia el puro negro. Entre todos, encontraron una fabulosa isla en la que podían disfrutar de toda la maldad, mediocridad, asquerosidad y repugnancia que estos seres rebosaban. Para ello, celebraban en fiestas todas las barbaridades inhumanas que podemos imaginar, los abusos más repugnantes, normalmente con pequeños seres, menores de edad, que -según denuncian ahora como supervivientes- fueron víctimas de sus crueles fantasías.
De aquel grupo sólo falta un individuo que -al menos, en teoría- falleció en la cárcel, lugar donde permanece la única persona condenada por esto: una mujer, por cierto. Todos los demás siguen llenando el mundo de porquería verdosa, perteneciendo a eso que tristemente llaman ‘élite’ como si la élite de la humanidad pudiera ser algo parecido a estos energúmenos, como si pudiera ser compatible lo que hacen con su condición humana.
Tengamos mucho cuidado con los príncipes y los poderosos verdes. Tengan cuidado, incluso, si alguno les viola porque, aunque cuenten con un audio de cuarenta minutos de la agresión podrán ustedes sufrir la victimización o persecución pública de todos aquellos que, aún no siendo estos salvajes, en el fondo, les encantaría tener su poder.
Hay personas que no saben ni de qué color son, o bien no hay ningún color del espectro lumínico que pueda ajustarse a definirles -aunque sean príncipes- porque son, simplemente, innombrables. Esperemos no encontrarnos nunca en la vida con uno de ellos y que la justicia, con su implacable ceguera blanca, caiga sobre ellos.
…Y colorín, colorado, este relato se ha acabado.
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