Opinión | PASO A PASO
España bosteza
España ha aprendido a indignarse con la misma ligereza con que antes se santiguaba: por costumbre, por reflejo, por miedo a que nos sorprendan sin el gesto. Y, sin embargo, bajo esa espuma de furia instantánea, late una modorra bien antigua, como si el país viviera en una sala de espera donde siempre anuncian -con voz metálica- el siguiente escándalo, el siguiente titular, la siguiente bronca parlamentaria, mientras nosotros hojeamos el móvil y bostezamos.
Nos han convertido la vida pública en un carrusel de sobresaltos: un día la corrupción se presenta con traje nuevo; al otro, la ideología se disfraza de compasión; al siguiente, la moral se alquila por horas en un plató. Todo ocurre muy deprisa y, por eso mismo, nada ocurre de veras. La indignación, que debería ser un fuego lento que funda el hielo de la apatía, es ahora un petardo de feria: estalla, hace ruido, deja humo y, a los diez minutos, nos distrae otro destello.
Unamuno escribió -con esa herida a la intemperie-: «Me duele España». A nosotros, en cambio, España no nos duele: nos da pereza. La hemos reducido a una pantalla secundaria, a un ruido de fondo que acompaña la cena, igual que el partido o la serie. Y cuando el dolor no duele, se pudre: se vuelve cinismo, chiste, resignación
Hay una pedagogía del bostezo. Se nos enseña a mirar sin ver, a opinar sin pensar, a escoger bando como quien elige colonia. El ciudadano se ha transformado en consumidor de polémicas: compra titulares, devuelve matices, exige envío inmediato de certezas. Pascal, que desconfiaba de nuestras trampas interiores, avisó: «El corazón tiene razones que la razón ignora». Hoy el corazón tiene impulsos que la razón ni siquiera alcanza a vigilar: desplazamos, pulsamos, compartimos, y creemos haber cumplido con la patria.
Ortega y Gasset dejó aquella sentencia que todavía escuece: «España es el problema, Europa la solución». Pero nosotros hemos sustituido Europa -esa disciplina de civilidad, esa paciencia institucional- por el wifi y la ocurrencia. Nos da igual el bien común mientras la tarifa tenga datos; nos da igual la verdad mientras el bulo nos divierta; nos da igual la justicia mientras el culpable sea «de los nuestros». Y así, poco a poco, la democracia se vuelve zapeo: pasamos del debate al insulto como quien cambia de canal para no escuchar lo que le compromete.
Quizá el problema no sea que falten voces sensatas, sino que sobra ruido. Y quizá la tarea, más que gritar más fuerte, consista en recuperar el silencio que permite juzgar. Volver a leer despacio, a conversar sin cronómetro, a desconfiar de la consigna fácil. Porque un país que bosteza ante su propia decadencia acaba despertando -si despierta- en manos ajenas. Y entonces ya no hay titular que lo cure. Y lo peor es que, cuando el bostezo se vuelve hábito, también la vergüenza se duerme. Conviene despertarla antes de que nos despierten a golpes, en serio.
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