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Opinión | cosas

Alienígenas

Obama no es gallego, pero podría pasar por serlo. La retranca habitual que, con las meigas, le endosamos a nuestro esquinados compatriotas la ha empleado el expresidente norteamericano para referirse a los extraterrestres: haberlos haylos. Nada de alienígenas viscosos con cabeza de gomaespuma; ni de bases secretas escondidas en un diner de la ruta 66. Y, sin embargo, imágenes y grabaciones de audio que superan la lógica y las leyes de la física le inclinan a sostener esta convicción. No obstante, para muchos el verdadero fenómeno paranormal ha sido que Obama solo haya dicho esta boca es mía para mentar a los émulos de ET, mordiéndose la lengua ante los delirios narcisistas de Trump; con ese autoritarismo que parece haber viajado en el tiempo y en el Cosmos de Carl Sagan, tal que el señor de los aranceles se hubiese escapado de la dinastía Julia-Claudia. Y ahora, tras el inesperado revés del Tribunal Supremo, tentado estaría de tañeruna lira e incendiar Nueva York.

Hay mucha paramnesia en unos tiempos tan gruesos; imágenes que ya hemos visionado en nuestra retina. En esta fiebre belicista, parece que queremos reproducir el teléfono rojo de Kubrick, con ese piloto que cambia la montura del rodeo por una bomba atómica. Cuatro años de guerra en Ucrania, para combinar la pulcra letalidad de los drones con la carnicería del estancamiento de los frentes que tanto recuerda a la I Guerra Mundial. Cunde cada vez más la sensación de que Putin ningunea al emperador encaprichado, al tiempo que comienzan a atisbarse ciertas fisuras en esta empatía hacia el autoritarismo.

Nuestro país no es ajeno al astracán. Al fin y al cabo, somos el vivero de Berlanga. Nos sobran planos secuencia, y después de contemplar a Sazatornil vendiendo porteros automáticos en una montería, le toca a Ortega Smith encadenarse como Tita Thyssen a los plataneros del Paseo del Prado; justo cuando las encuestas apuntan a un retroceso de Vox en Castilla y León y quizá evidencien que este movimiento populista y falazmente melancólico haya llegado a la cresta de la ola. No acaba ahí nuestro descoque tragicómico: a Ayuso se le han amotinado los Pocholos, esa corriente críptica de niños bien abanderados por un actor gurú que no habría pasado un casting con los Monty Python. No es fácil toserle a la emperatriz de Lavapiés; ella, que quiere emular a Giorgia Meloni, en una actualización del Morena Clara para empoderarse del Mediterráneo, aunque distancie a su partido de la centralidad.

Los alienígenas de Obama siempre han morado en la izquierda española; la que se fragmenta como si procediesen de constelaciones distintas y amagan con el pandemonio de colocar a Rufián como cabeza de cartel; donde acaso pese más buscar el huequito ante la defenestración interna que cuadrar el discurso imposible del frente común y la secesión. Para alivio de toda esa caterva de egos progresistas y las poquitas esperanzas de Yolanda Díaz, no hay mayor quimera que materializar la unidad de la izquierda. Pero para extraterrestres, el señor Sánchez, que levita sobre reveses electorales, inasequible al desaliento y al aforismo que encabezaban las investigaciones de los inspectores Mulder y Scully: la verdad está ahí afuera. Quién nos iba a decir que ante tantos chalaneos demoscópicos, la democracia proviene de las estrellas.

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