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Opinión | Calma aparente

Tiempos muertos

Mis horas de sueño las recibo por fascículos. El cómputo global quizá sea similar al de mi vida anterior, de hace dos semanas, pero el reparto es muy diferente. Si bien Morfeo pagaba antes a tocateja, ahora prefiere el prorrateo. Aun así, todavía cumple, que no es poco. Además, esta nueva vida tiene algo de estimulante, de subversivo. Mis jornadas no se dividen entre el día y la noche. He roto con ese convencionalismo social, tan aburrido, y me he abonado a la contracultura. Ya nadie puede sugerirme que salga de mi zona de confort. Porque lo mío no es solo improvisación, lo mío es salvajismo programático. En ese sentido, si alguna madrugada, por avatares del destino, os fijáis en la fachada de algún edificio y veis una única ventana encendida, fijaos en si enmarca la figura de un hombre que da botecitos; si es así, saludadla. No podré responder con las manos, pero contad con que lo hago con una cabezada. Mirar la calle es un pasatiempo fabuloso. Comprendo a las señoras de luto de los pueblos que en su día me daban miedo.

Esta nueva vida lleva aparejados más cambios, como el relativo a los tiempos muertos. Antes no se pagaba apenas por ellos, pero ahora su valor se ha incrementado muchísimo. El otro día reparé en esto cuando salí de mi casa a tirar la basura. De súbito, comprobé que podía caminar al ritmo que marcase mi voluntad. No iba con nadie que me obligase a ir más rápido o más lento. Iba a mi aire, con las piernas sueltas. Me sonreí al darme cuenta. Además, al tirar las bolsas, tenía hasta las manos libres. No cargaba con capazos ni maletas. ¡Era dueño de mi destino! Así que cogí mis auriculares y me desplacé durante metros al ritmo de la música. Pensaba que el vecino al que veo todas las noches paseando a su perro, que arrastra los pies, es el hombre más triste de Córdoba y puede que de España, pero ahora tengo dudas: ¡quizá solo esté apurando los tiempos muertos!

También volví a meterme en carretera con el coche. Esto era antes un trámite ineludible. Ahora, en cambio, es un oasis. El otro día, de hecho, rocé el éxtasis teresiano conduciendo. Escuchando «Lonely & blue: the deepest soul of Otis Redding», sintiendo cómo se deslizaba el volante entre mis manos después de cada curva, se mezclaron en mí el dolor físico y el placer espiritual. Sin perder de vista el asfalto, alcancé algo parecido al nirvana. No deseaba nada, no necesitaba nada. Agradecía hasta los semáforos en rojo. Ligero como un pajarillo, emprendí la vuelta a casa. Eso era lo mejor, que no huía, tan solo ampliaba horizontes. Este caos promete.

*Escritor

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