Opinión | Tribuna libre
Cuaresma filosófica
Llega la Cuaresma y los cristianos se empolvan la cara, más bien la frente, para recibir la cruz de ceniza que nos marca como el polvo que somos y el polvo en el que algún día nos convertiremos. Mejor dicho, es la cruz que nos señala como seres renovados que buscan en la palabra y el mensaje de Jesús de Nazaret la solución a este mundus horribilis.
Byung-Chul Han nos habla en su filosofía hipermoderna de raíz heideggeriana del concepto shanzhai, que significa parodia o copia de algo. No somos ya originales, somos copias clonadas con avatares variados. La sociedad digital ha desmaterializado todo, no hay momento para la contemplación. Una sociedad cansada, borrega, traída y llevada por políticos que solo buscan una polarización extrema. Una sociedad ultraviolenta que ve todo hiperbolizado y únicamente desde parámetros neoliberales.
El filósofo coreano nos recuerda cuándo nos despistamos del camino: en el momento en el que el compartir en las redes y en Internet se volvió una mercancía más. Nadie da nada gratis, o como decían los castizos, «nadie da duros a cuatro pesetas». En resumidas cuentas, lo contrario del «gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10,8). Dar un repaso a la filosofía siempre nos puede ayudar a descubrir aquello de lo que adolecemos. Conocer la búsqueda de la felicidad de Aristóteles, la eterna duda en Descartes o la ataraxia del estoicismo de Séneca puede hacer que broten muchas preguntas.
Volviendo a la Sagrada Escritura los evangelios de la Cuaresma de este año que pronto escucharemos tienen protagonistas que podrían parecernos casi buñuelianos: el mismísimo Satán, tres amigos asombrados, una mujer descarriada, un ciego y un muerto que resucita. Escucharemos que Jesús fue tentado, al igual que nosotros lo seguimos siendo; Pedro, Juan y Santiago comprenden por fin que Jesús es el Mesías, ya han captado el mensaje; una mujer samaritana buscando agua se lleva algo más de un Jesús que la empodera; un ciego con mucha fe y más cordura; y un milagro que desencadenó el camino de Jesús hacia la cruz porque ya los sanedritas no iban a permitir más resurrecciones.
¿Qué pensarían los primeros cristianos camino de las fauces de algún león hambriento del Coliseo si vieran que después de dos mil años solo somos simples copias burdas de los discípulos de Jesucristo? Esta Cuaresma trataremos de renovar desde dentro hacia fuera todo lo que ha quedado nublado por el cálculo constante y la autoaceleración que deriva en explotación de uno mismo. Ojalá que la Cuaresma ilumine estos cuarenta días de desierto. Que ejerzamos nuestro derecho a la «pausa» frente al activismo; a la fiesta contra el agobio, y usemos nuestras manos para algo más que deslizarse sobre las pantallas.
¡Feliz Cuaresma!
*Profesor
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