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Opinión | La Córdoba que amamos

Una Catedral con Centro de Interpretación al fin

Tras saborear con delectación el elogioso artículo («Un modelo a seguir») del catedrático de Arqueología Desiderio Vaquerizo, sobre el ejemplar Centro de Interpretación de la Mezquita-Catedral que acaba de abrir el Cabildo en el antiguo Palacio Episcopal, me atrevo a sumar otra opinión favorable, aunque más modesta.

La Iglesia diocesana a través del Cabildo de su Catedral ha creado al fin un Centro de visitantes que es como poner fachada a un edificio monumental que carecía de ella. Y ahora nos percatamos de su necesidad, casi siete siglos después de que la Iglesia se hiciese cargo de la Mezquita aljama tras consagrarla como primer templo de la diócesis (el alma) sin destruir su arquitectura hispano-musulmana (el cuerpo), aunque sí adaptándola al nuevo Credo religioso. Ya era hora; más vale tarde que nunca. El nuevo Centro de Interpretación y Recepción de visitantes completa la visita a la Mezquita-Catedral, como si fuera el recibidor de una casa o la portada y prólogo de un libro.

Ahora el visitante foráneo y los propios cordobeses podemos poner los pies en el monumento sabiendo qué vamos a ver: su evolución histórica, su significado religioso, los criterios de su conservación y otros aspectos que permiten conocer mejor un monumento universal Patrimonio de la Humanidad desde 1984, que hay que cuidar y mimar para legarlo en las mejores condiciones a las nuevas generaciones. Y se ha hecho bien. No en balde la actuación ha costado, según el cabildo, ocho millones y medio de euros, caray, es decir, en román paladino numérico, 1.414 millones de las antiguas pesetas si no he errado el cálculo. Un trabajo impecable de fácil lectura y comprensión encomendado a especialistas, que han desarrollado con despejada claridad la comprensión de la historia y los valores artísticos y religiosos del monumento así como la explicación de los procesos de restauración, dotando además al complejo de una digna tienda de productos seleccionados (libros en primer lugar) y de un bar gourmet donde reponer fuerzas antes o después de sumergirse en un monumento tan inconmensurable.

La nueva entrada a la Mezquita-Catedral se encuentra ahora enfrente de su fachada occidental; nos recibe con una soberbia arquería renacentista, desconocida hasta ahora, preludio de un patio, dedicado a san Eulogio, que estaba infrautilizado como aparcamiento, donde nos reencontramos con el icónico elefante zoomorfo de la fuente de Escarabita en Trassierra, que habíamos echado de menos en el patio del Palacio Episcopal. Las nuevas instalaciones se despiden con la propina de una estratégica terraza-mirador desde la que contemplar con ojos nuevos el conjunto monumental de Córdoba cuya cara lavó el arquitecto Juan Cuenca hace unos años. En el recorrido encontramos la mayúscula sorpresa de esa maqueta gigante de madera ¡colgada del techo! para ver el monumento desde otra perspectiva. Monseñor Jesús Fernández no ha podido tener mejor recibimiento; ni el obispo emérito Demetrio Fernández, impulsor del proyecto, mejor jubilación. La nueva instalación es como un bálsamo que nos hace olvidar las llamas de aquella desgraciada tarde del 9 de agosto que nos cortó el aliento.

*Periodista

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