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Opinión | CALIGRAFÍA

Llegar en hora

Hubo una época en la que tenía obsesión por la precisión de mi reloj. Una chica mayor que jugaba con nosotros en la playa llevaba un bonito reloj de submarinista, azul y amarillo, que consultaba obsesivamente. Cuando decía que era una hora es que era una hora, y a esa hora que tenía que irse se iba, desapareciendo al son del segundero como en un cuento. Este saber usar el reloj, es decir, no leer la hora únicamente sino confiar en su precisión y saber cuánto se tarda de verdad en llegar de un punto a otro o en hacer algo concreto, es lo que digo que era mi obsesión. Mi padre llevaba el reloj adelantado siempre, que es la estrategia de los puntuales que no saben usar su reloj. Mi amigo Miguel atesora el ritual de su abuelo de darle cuerda al reloj por la noche y ajustarle la hora a la perfección. Hay quien se confía en la lectura digital y no sabe lo poco que dura en verdad un minuto en una esfera, con el segundero que siega en vez de gotear. Últimamente veo a gente con un buen reloj en la muñeca izquierda y un complicado y horrible reloj inteligente en la derecha, rendidos a que les midan los pasos y las pulsaciones del corazón y las paradas respiratorias en las noches, pero incapaces de quitarse el reloj de verdad, en el que se obligan -yo lo haría- a mirar la hora. Sirve el reloj para no gastar el tiempo de los demás. Si se usa bien no se gasta tampoco el propio. Yo lo uso regular. De nada me sirve adelantarlo, porque sé que está adelantado y corrijo la desviación sobre la marcha. Llego antes a los sitios y disimulo en las inmediaciones, para fingir puntualidad, aunque siempre me hago esperar a mí mismo.

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