Opinión | LA VIDA POR ESCRITO
El origen de la belleza
¿Por qué una imagen se considera bella? La pregunta, clásica en estética, acaba de recibir una respuesta incómodamente materialista desde la Universidad de Toronto. Un equipo de psicólogos propone que parte de lo que llamamos «placer estético» no es sino el producto de un cerebro ahorrativo.
La eficiencia energética es una máxima biológica. Todo organismo, para sobrevivir, debe equilibrar los costes metabólicos de sus acciones con los beneficios que obtiene. Saltar más alto de lo necesario para alcanzar comida es ineficiente; también lo es desplegar operaciones mentales costosas si no aportan ventaja adaptativa. Calcular de forma explícita esa relación coste-beneficio sería, paradójicamente, demasiado caro. De ahí que la evolución pudiera haber optado por un atajo. El placer sería una señal rápida que orienta hacia estados y elecciones metabólicamente ventajosos.
El cerebro humano es un órgano voraz: consume alrededor del 20% de la energía corporal. Y el sistema visual, por sí solo, representa cerca del 44% del gasto energético cerebral. Traducir la luz en significado es, literalmente, costoso. Si la selección natural ha favorecido la eficiencia, no resulta descabellado pensar que el propio sistema perceptivo incorpore mecanismos que premien configuraciones fáciles de procesar.
El estudio, publicado en la revista PNAS, analizó casi 5.000 imágenes del mundo real. Más de 1.000 participantes evaluaron su agrado en una escala del uno al cinco ante la pregunta: «¿Cuánto disfruta mirando esta imagen?».
Las imágenes se introdujeron en dos redes neuronales artificiales que aproximan el procesamiento visual humano. El «coste metabólico» se estimó como el número de neuronas activas necesarias para representar cada imagen. En paralelo, se registró la actividad cerebral de personas que observaban esas mismas. El resultado fue consistente: cuanto menor era el coste metabólico estimado, mayor era la valoración estética media. Menos energía, más placer.
Las imágenes claras, reconocibles, simétricas u organizadas, como un rostro humano o un paisaje natural, exigen menos recursos para su codificación y tienden a gustar más. En cambio, escenas caóticas, multitudes densas o garabatos ininteligibles dificultan el procesamiento y suelen recibir puntuaciones inferiores. La hipótesis encaja con investigaciones previas sobre «fluidez de procesamiento»: cuanto más fluida es la percepción, más positiva es la respuesta afectiva. La novedad aquí es cuantificar el coste energético de manera objetiva y relacionarlo directamente con el agrado.
Hay que matizar, sin embargo, que el efecto observado se refiere a la experiencia perceptiva inicial, no al juicio tras una contemplación prolongada. Se sabe que algunas obras complejas pueden volverse más placenteras con el tiempo y la reflexión. La complejidad del techo de la Capilla Sixtina, por ejemplo, no impide su canonización estética. Este trabajo no niega esa dimensión cultural y cognitiva; la complementa al subrayar que, a primera vista, la economía metabólica pesa.
Las implicaciones son sugerentes. Si el placer visual es, en parte, una estrategia de ahorro energético, entonces el diseño arquitectónico, gráfico o urbano podría beneficiarse de comprender qué configuraciones minimizan la carga del sistema visual. La estética dejaría de ser solo una cuestión de gusto o simbolismo para convertirse también en ingeniería de la eficiencia perceptiva.
Quizá la vieja máxima «menos es más» tenga una base neuronal literal. Lo bello, en su forma más inmediata, es simplemente aquello que permite al cerebro hacer bien su trabajo a menor coste. Una teoría austera, sí, pero elegantemente coherente con el principio rector de la vida: eficacia con eficiencia para la supervivencia.
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