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Opinión | Calma aparente

Invencible

Nos acompañaron hasta nuestra habitación, la 308. Después de tantos días de lluvia, que el sol entrase por la ventana nos pilló por sorpresa. Guardamos nuestro equipaje en un armarito metálico y bromeamos para aplacar los nervios. Primero llegó la enfermera, que se llamaba como la abuela de Beatriz; después, la matrona, que trabajó durante años en el mismo hospital en el que lo hizo su madre. Nadie cree en las señales, pero a veces estas se agradecen. Las contracciones empezaron pronto, y la frecuencia y la intensidad se intensificaron por la tarde. Ya a la hora de la siesta, iban acompañadas de gemidos de ultratumba y gritos de socorro. Fueron muchas las posturas que se probaron y mucho lo que intentó controlarse la respiración. Descubrí entonces que, en mitad del dolor, el cuerpo se defiende con paréntesis de sueño. Por fin, la matrona anunció el cambio de fase: «Cuatro centímetros y medio: ¡nos vamos al paritorio!».

Esta vez, el armarito era de madera. Guardé nuestro equipaje y una enfermera me pidió que esperase fuera mientras le inyectaban la epidural, gracias a la que todo cambió radicalmente: los dientes apretados se convirtieron en sonrisa narcótica. No nos habíamos imaginado que un parto incluye también una fase de calma. Después llegó la hora de empujar. No sabía que llevaba años viviendo con alguien que aguanta tanto la respiración, que podría ser apneísta profesional. Aprovechaba la inercia de cada contracción al máximo, con dos o tres pujos. Mientras tanto, dos enfermeras bregaban con dulzura y determinación. Allí, entre monitores y cables, a oscuras, era nítido el contraste entre la modernidad tecnológica y lo primitivo del ritual. Horas después, con batas verdes y azules, aparecieron nuevos personajes en escena, que se movían deprisa pero sin estorbarse. El paritorio se iluminó. Una enfermera recolocó la lámpara quirúrgica. Un empujón más, el último, y la ginecóloga, con el desparpajo de un experto en ronqueo de atún rojo de almadraba, posó a la recién nacida sobre el pecho de su madre: primer llanto entrecortado, piel amorata y, por encima de todo, una mujer exhausta y feliz. Las batas desaparecieron. Nos quedamos los tres solos por primera vez.

Normalmente, las malas noticias pesan más que las buenas; si coinciden, la balanza suele inclinarse hacia el lado amargo. Pero esto no siempre pasa. La belleza se revela a veces invencible, imperturbable. Nace una niña y todo desaparece alrededor; solo existe su llanto, apaciguado por un susurro, el de su madre. Ahora entiendo mejor lo que alberga esa imagen.

*Escritor

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