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Opinión | Para ti, para mí

El Gran Carnaval

El miércoles que viene comenzará la Cuaresma con la ceniza, e interrumpimos el Tiempo Ordinario en la liturgia de la Iglesia para adentrarnos en un «tiempo especial, extraordinario». Los días previos, hoy, domingo, se conocen históricamente como «Carnaval» o «Carnestolendas», fiestas que surgen en la Edad Media, fuertemente relacionadas con la época de la Cuaresma. Venían a ser como una forma de «coger fuerzas» antes del tiempo penitencial. Y el sentido etimológico, «quitarse de la carne», «despedida de la carne», hacía referencia tanto al alimento como al cuerpo humano, dos de las tentaciones a las que se renunciaban. Este planteamiento se realizaba en la Edad Media, que nada tiene que ver con los momentos actuales que vivimos, -la «posmodernidad», la «posverdad», la «nueva época»-, aunque tanto el carnaval como la cuaresma prosiguen sus celebraciones en otros escenarios y con otros ritmos. Nos viene siempre a la memoria el recuerdo de una película inolvidable, el Gran Carnaval, de Billy Wilder, en la que un gran actor, Kirk Douglas, protagonizaba el papel de un sabueso periodista, Charles Tatum, quien había sido despedido de un gran diario neoyorkino, con un buen puñado de fracasos a sus espaldas, pero que seguía dispuesto a explotar a quien hiciera falta para conseguir triunfar. De pronto, se topa con una «historia de interés humano», cuando se detiene en una gasolinera y se entera por casualidad de que hay un hombre, un indio de la zona, Leo Minosa, que, debido a un derrumbe, queda atrapado en una mina en la que buscaba sepulcros indios. Tatum es el único que se atreve a entrar en el interior de la cueva para llevar comida a Leo, le anima, le da valor y le hace una fotografía que atrae la atención del público. Un ejército de técnicos tratan de salvar a aquel hombre, atrapado en las entrañas de la tierra, apuntalando las paredes, de una forma sencilla, que duraría solamente unas horas. Pero el periodista convence al sheriff, que ambiciona el favor popular para su elección y pone en práctica otro «plan» que consistía en perforar la montaña desde arriba, operación que iba a suponer una semana de trabajo. Tatum no duda en hacer todo un montaje alrededor de esta tragedia y se organiza un auténtico circo en el lugar, un «gran carnaval», donde lo que menos importa es la víctima y el riesgo de muerte que corre. Decenas de feriantes, atracciones y puestos de comida, carromatos y trenes, convierten la zona en un negocio, a costa de aquel pobre hombre atrapado en la mina que termina en un fatal desenlace. La película, a pesar de los años, mantiene una palpitante actualidad. Aquel periodista sin escrúpulos camina junto al desenfreno que provoca, lejano a la moderación. Y va dejando morir a un pobre hombre, con tal de que la gente se divierta y no decaiga el espectáculo.

Junto a la lección moral que nos deja esta vieja película, las lecciones urgentes de una nueva tarea colectiva y solidaria para paliar los efectos de tantos daños como ha causado el temporal. No son pocos los analistas que centran la atención en el peligro de la «indiferencia» ante la ola de despropósitos politicos y sociales como estamos viviendo. Isabel Coixet apuntaba en uno de sus artículos que esa «indiferencia» se refleja en uno de los cuadros más famosos de la historia, en «El grito»: «Si miras más allá del horror que ocupa el primer plano descubres que la escena no está vacía. Al fondo, sobre el puente de madera, caminan dos figuras. Dos siluetas oscuras, impasibles, ajenas. Como si el grito fuera inaudible. Como si el dolor de ese ser que se retuerce fuera invisible para ellos. Y ahí reside quizá el verdadero misterio del cuadro: no la figura que grita, sino esas dos que no escuchan. Esas dos que nos recuerdan que el sufrimiento, casi siempre, es una experiencia en soledad». ¡Cuántos paisajes se nos ofrecen para que aprendamos la lección de una nueva «civilización» centrada en el entendimiento de un mundo aterido de frío interior que congela el alma! Carnaval y ceniza simbolizan no sólo el «contraste», sino la «llamada» a vivir esperanzados y felices. Con el eco de los versos del poeta Carlos Bousoño: «Ser un instante luz, sólo un instante! / Sopla y enciéndeme, Señor, cual árbol / resplandeciente entre la noche oscura».

*Sacerdote y periodista

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