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Opinión | CALIGRAFÍA

Cuadernos

Llevo escribiendo toda mi vida, pero no puedo demostrarlo digitalmente. Cada vez que se me ha roto un ordenador se ha llevado consigo lo que había trabajado en él. Sentía un terror inicial y luego el alivio de saber que todo estaba perdonado. La última vez que lo perdí todo fue en 2016, y desde entonces he tenido más escrúpulos con las copias de seguridad, aunque el pequeño mérito es del sistema automático de guardado en la nube. De cuando en cuando aparece algún documento superviviente y no sé qué estatuto darle, como en esa historia que cuentan del anciano que era la última persona del mundo que hablaba su idioma. Yo tenía mis adolescencias, mis convicciones inexplicables sobre cómo hacer las cosas (las cosas se hacen como uno puede hacerlas, sencillamente). Esto implicaba escribir en cuadernos y escribir con pluma. Conservo casi cuarenta, y observo que han ido haciéndose más humildes. Empezaron siendo moleskines, cómo no, y como las páginas de los moleskines cada vez son más finas y se cala la tinta y el precio sube, a partir de cierto año ya no tienen tanto pedigrí. No los miro mucho porque el contenido, sin falsa modestia, me parece horrible. Abra el que abra empieza con una cosa y salta sin cabeza a otras cada vez peores, hasta que por mínimo respeto al papel aparece una hoja en blanco y empieza de nuevo. Leer los propios cuadernos, al tiempo, es como mirarse en un espejo tras muchos años o viajar al pasado para coincidir con tu yo más joven y pensar que eres un poco imbécil. Un imbécil al que sin embargo se admira incómodamente y sin quererlo hacer: «Dios mío, cómo fui yo capaz de escribir tanto y tan convencido».

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