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Opinión | tormenta de verano

Libertad, pactos y democracia

Tenía la tentación de dedicarle alguna reflexión a la jornada de los enamorados y a la falta de amores que nos rodea, sin la vulgaridad de un envoltorio o una cenita de precio especial. Pero con la que está cayendo en el terreno de la convivencia social y política, y más allá de los amantes de Teruel, no me resisto a centrar estas líneas en cómo salir del atolladero en el que nos encontramos, ante la falta de acuerdos políticos que permitan gestionar desde la estabilidad y la sensatez los intereses generales de la sociedad. Ahí están los bloqueos autonómicos ante la falta de mayorías claras, o la ausencia de consensos en el Congreso que permitan sacar adelante leyes o presupuestos. Estamos muy lejos de Aristóteles, que concebía la política como deliberación racional orientada al bien común, o de Kant con su uso público de la razón.

No existe autocrítica alguna. Sin el mínimo pudor, quien pierde las elecciones le dice públicamente a quien las gana que se replantee su estrategia. El mundo al revés. Se ha cambiado el uso de la razón, el porqué de las cosas y el interés general, por el seguidismo ciego y el caudillismo sectario al líder y partido de turno. En ese contexto, cuando surge una voz con auctoritas que habla desde la libertad y la experiencia, algo nada desdeñable, todos se le echan encima, porque no les interesan ni los argumentos ni la verdad de lo que dice sino que no se menoscabe el poder del líder. Muchos no comprenden las diferencias entre el liderazgo legítimo frente al caudillismo, ni de la convicción firme frente al sectarismo dogmático en el que las razones no cuentan en este nuevo hooliganismo en el que se han convertido algunas formaciones. Cuando la razón pública es sustituida por la adhesión emocional a un líder o a una identidad política cerrada, la democracia degenera en una forma de dominación irracional. Ya decía John Stuart Mill que el silenciamiento de opiniones impide el progreso de la verdad. Esta situación de bloqueos, donde se cuestiona de forma permanente la Constitución, la separación de poderes y las instituciones del Estado, nos sitúa en la antesala de las autocracias. Recordemos que el ciclo político en la historia pasa por las «3 D»: de la democracia a la demagogia y, de ahí, a las dictaduras. No podemos convertir la política en un problema, en espectáculo ni en marketing, en mensajes cortos y emocionales, en deshumanizar al adversario aliñado con bulos y algoritmos. Hannah Arendt, que defendía una ciudadanía activa y participativa, ya alertaba de que el totalitarismo se alimenta de masas desarraigadas que sustituyen la realidad por la ideología. En el desencanto actual muchas personas se tragan, sin pestañear, las tremendas mentiras que escuchan de líderes políticos sin escrúpulos. Peligro: cuando el sectarismo es total, la argumentación racional ya no funciona.

Podemos perdernos en el análisis de dónde viene esta confrontación ciega y envenenada cuando partíamos de la construcción de los amplios consensos del 78 y el abrazo de las dos Españas. O culpabilizar a quienes han hecho más por construir políticas de muros en lugar de fomentar una cultura de puentes. O podemos centrarnos en el ámbito de las soluciones. En Alemania, por ejemplo, la CDU conservadora y el SPD socialista como fuerzas mayoritarias del centro social, desde una generosidad pactista y pragmática acordaron gobiernos de coalición para mantener a raya los populismos extremos y antisistema. En Reino Unido, los diputados se deben a los electores de su circunscripción electoral que los votan, antes que al jefe del partido, y son los principales opositores al mismo si éste se desvía de sus promesas o legalidad. En Francia o Portugal hay un sistema de doble vuelta, o en Grecia se mejora con más diputados al partido más votado para darle mayor estabilidad de gobierno. Todo ello pasa por un cambio de la ley electoral que nos sustraiga de las coacciones de las minorías independentista o antisistema. Tiempos recios en los que necesitamos mucho amor y mucha empatía para un buen juicio. Y ya hablaremos de los enamorados de Teruel y otros.

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