Opinión | Inmigración
Elegir la esperanza
Podemos sentirnos orgullosos por la regularización de miles de personas que ya viven entre nosotros o clamar por su expulsión. Podemos sentir alegría porque podrán trabajar con contrato y cotizar o preferir que sigan explotados sin sostener el Estado del bienestar. Podemos sentir tranquilidad porque no estarán obligadas a hacer lo que sea para sobrevivir o condenarlos a la miseria. Podemos sentir que la bondad es un valor que nos identifica o solazarnos en la crueldad. Podemos sentir optimismo al saber que nuestros hijos crecerán en el respeto y la empatía o desear que se críen en el racismo.
También podemos apreciar a aquellos que se dejan la piel para mejorar las condiciones de los migrantes y recoser la convivencia. Son vecinos, asociaciones, educadores, parroquias... Son muchos, pero no gritan en las redes. No comparten las sonrisas, los abrazos, las alegrías ni las tristezas. Dedican su tiempo y su esfuerzo a ayudar. Muchas veces, sin recibir nada a cambio. O recibiendo algo peor: insultos, acusaciones, amenazas... Trabajan para que la prosperidad llegue a todos, para combatir esa desigualdad que arroja a tantos a los márgenes, para que nuestras calles sean seguras. No lucen abrigos de corte militar ni levantan el mentón en las fotografías ni se esfuerzan en transmitir fortaleza ni virilidad, pero encarnan la auténtica valentía.
O podemos mirar en bucle imágenes de reyertas hasta sentir que cada navajazo hiende nuestro vientre, que ese enorme machete amenaza nuestra vida o que esa piedra impacta en nuestra cabeza. Podemos hacerlo sin comprobar dónde ni cuándo ocurrieron los disturbios, creyendo que la amenaza nos acecha, aunque el vídeo tenga una antigüedad de cinco años y los hechos hayan ocurrido a cientos de kilómetros del lugar que señalan. Podemos creer que los inmigrantes vienen a delinquir, que reciben «paguitas», que quieren imponer la sharia o que podrán votar a Pedro Sánchez en las próximas elecciones generales, pero todas y cada una de esas afirmaciones son falsas. Como siempre ha sido en la historia de la humanidad, solo la esperanza de una vida mejor es el motor de la inmigración.
Podemos optar por el orgullo, la alegría, la tranquilidad, la bondad y el optimismo o elegir el miedo y el odio. Todo es cuestión de sentimientos. Lo saben muy bien quienes falsean informaciones, desprecian los datos, manipulan imágenes, propagan teorías conspirativas y provocan conflictos para alimentar una psicosis colectiva contra los inmigrantes. Sabemos que el mecanismo funciona, lo sabemos perfectamente, pero la ingenuidad nos hizo creer a salvo. Ninguna de las nueve regularizaciones masivas (cinco de ellas del PP) ha puesto en riesgo la seguridad, solo ha permitido poner orden.
Podemos apostar por la convivencia y la prosperidad o adentrarnos en el marco bélico que algunos están fabricando. La seguridad no se trabaja con discursos inflamados ni insultos ni bravatas ni mentiras. Nuestra civilización está amenazada, pero no por las personas migrantes.
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