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Opinión | Paso a paso

Tiempo prestado

Hay aniversarios que uno celebra con ruido -copas, aplausos, fotografías- y otros que se celebran en silencio, como se celebra una cicatriz cuando deja de doler. En febrero se cumplen veinticinco años desde que cada semana he intentado caminar con ustedes, Paso a paso, por el territorio movedizo de la actualidad: ese lodazal donde el suceso se disfraza de destino y la opinión, si no se vigila, se convierte en vanidad.

No he sabido -ni he querido- hacer de la columna un púlpito. La columna, cuando es decente, no predica: conversa. Es una lámpara pequeña en un pasillo oscuro; no ilumina el mundo, pero evita que nos rompamos la crisma con los mismos muebles de siempre. Por eso el columnista debe desconfiar de dos tentaciones gemelas: la del grito (que busca vencer) y la del halago (que busca gustar). Entre ambas se abre una senda más difícil: decir lo que uno cree con la cortesía del que sabe que puede equivocarse.

En estos años ha cambiado el decorado. La noticia se ha vuelto instantánea, la indignación se distribuye a domicilio y el matiz, pobre criatura, llega tarde a casi todo. La pantalla nos acostumbra a juzgar antes de comprender, y a confundir la velocidad con la verdad. En ese vértigo, una columna solo tiene sentido si se atreve a ser lenta: si se permite la respiración de la frase, la sombra del recuerdo, la música de una idea que no cabe en un titular.

Si tuviera que dejar aquí, como quien deja una navaja útil en el bolsillo del lector, tres reglas modestas del oficio, serían estas: no escribir contra nadie, sino a favor de algo; no buscar la ocurrencia, sino la precisión; no usar la literatura como maquillaje, sino como linterna. Y, sobre todo, recordar que el juicio sin compasión se vuelve caricatura, y que la compasión sin juicio se vuelve niebla.

He procurado que cada columna traiga un pequeño servicio: una pregunta que incomode, una imagen que ordene, una memoria que nos haga menos crueles. Porque el periodismo -cuando no se rinde- no es un escaparate de egos: es un oficio de intemperie. Uno se asoma, recibe el viento en la cara, y vuelve con una noticia del frío. Y si alguna vez la columna acertó, fue por lo que esta ciudad enseña: que la vida no se entiende sin su mezcla de piedra y misericordia. He escrito desde la esquina de un café, desde la cocina de madrugada, desde un banco de estación; siempre con la sospecha de que, al otro lado, alguien lee y acompaña. En esa compañía incluyo también a Diario Córdoba, que durante estos años me concedió el espacio y la confianza para intentar -con aciertos y torpezas- esta conversación semanal. Eso me sostuvo. Hasta hoy. Con motivo de esta efeméride he reunido en un libro, El oficio de la columna, algunas certezas y dudas del camino: no para mirarme en ellas, sino para compartir herramientas con quien también escribe -o simplemente piensa- y necesita una brújula. Si algo deseo celebrar, no es mi persistencia, sino su compañía: la paciencia de quien, entre tanta prisa, todavía concede a una página el milagro de su tiempo. Y ese, créame, es el verdadero premio.

*Mediador y escritor

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