Opinión | Desigualdad
Mala suerte, niño
El BBVA logra su cuarto récord anual de beneficio consecutivo con 10.511 millones. ¡Qué alegría! La gran banca española gana 34.000 millones en 2025, un nuevo récord. ¡Viva! Inditex vuelve a batir récord de beneficios. ¡Toma ya! La inversión inmobiliaria en España cerró 2025 con un 31% más de beneficios que en 2024. ¡Qué maravilla! ¿Has oído, niño? ¿No te alegras? La verdad, no te veo muy emocionado. Supongo que eres pequeño y no acabas de comprender su importancia. ¿Que sí te enteras? ¿Cómo? Ah, vaya, no lo sabía. Eres uno de esos. Qué mala suerte.
Sí, qué mala suerte pertenecer a ese club nada selecto de hogares pobres. Un 36,1% de los niños de Cataluña -uno de cada tres- vive en situación de precariedad, el valor más alto de pobreza infantil registrado en la última década. La tímida recuperación lograda con las ayudas sociales por la pandemia se ha quebrado. Aunque el paro baja y la economía mejora, no es suficiente. La pobreza infantil es nuestra gran vergüenza. Según el último informe de UNICEF, España es el país de la Unión Europea con la mayor tasa de pobreza infantil, seguido de Bulgaria y Rumanía. Una infamia que suma décadas.
¿A alguien le importa la infancia? Si nos atenemos a las cifras, importa muy poco. España solo destina alrededor del 1,5 % del PIB a políticas familiares, frente al 2,4% de media en la UE. Que uno de cada tres niños viva en hogares pobres tiene íntima relación con la escasez de prestaciones sociales destinadas específicamente a la infancia. La comparación con los países vecinos basta para sonrojarnos. Los niños no tienen voz en las redes sociales, no organizan manifestaciones ni son convocados a las urnas. Tampoco se dedican a lanzar consignas ni toxinas ni amenazas ni memes al debate público. No son los más fuertes ni exhiben poder. Son solo niños. Y los despreciamos.
Una infancia en la pobreza es crecer en un hogar con miedo a perder lo poco que se tiene. Es no tener un lugar tranquilo donde estudiar o recalentarse la comida en un hogar vacío o no poder hacer ninguna actividad extraescolar… Son mil casuísticas, pero una misma sensación de abandono. La inseguridad pegada a la piel y un lastre para el futuro.
La pobreza infantil no es irremediable, pero hay que tener voluntad para aplicar el remedio. Para empezar, ampliar la mirada más allá del ombligo y tratar de superar el lamento y la ira constante que algunos insuflan al debate público. Al menos, no equivocarnos de batalla ni de enemigos.
Tan pronto como el ministro de Derechos Sociales, Pablo Bustinduy, planteó crear un impuesto del 2% a las grandes fortunas para combatir la pobreza infantil, se movilizó en su contra un ejército de bots o embotizados (esos que, por adicción al protagonismo o por convicción, no dejan de expulsar bilis por la boca).
Algo anda muy mal cuando una medida que afectaría a las 500 personas más ricas y que financiaría una prestación universal por crianza provoca más críticas o indiferencia que adhesión. La desigualdad también se alimenta de la desidia colectiva.
*Escritora
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