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Opinión | Para ti, para mí

El resplandor del beato Cristóbal en Córdoba

Hoy, domingo, culminan los actos organizados por las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, en honor de su fundador, el beato Padre Cristóbal de Santa Catalina, con una solemne eucaristía de Acción de gracias en la Iglesia Hospital de Jesús Nazareno. Una semana intensa que alzó el telón con la exaltación del beato, realizada por el sacerdote Ignacio Sierra, siguiendo después el triduo que tuve el honor de celebrar, centrando todos la atención en un hombre que llegó a los parajes solitarios de la sierra cordobesa, en una «búsqueda atormentada» de Dios y encontró, en el Bañuelo, una ermita y un ermitaño que le acogieron y le ofrecieron el lugar «apropiado» para «transformar» por completo su vida, hasta convertirse en un ermitaño más y agrupar en una pequeña comunidad a otros hermanos ermitaños, dedicados a la contemplación y a la penitencia. Con ellos y junto a ellos organiza la Congregación de Ermitaños de san Francisco y san Diego, en el silencio denso y la soledad inmensa del desierto del Bañuelo. Desde la Sierra, el Padre Cristóbal de Santa Catalina comienza a bajar a la ciudad de Córdoba, descubriendo sus situaciones de pobreza y de abandono, especialmente en las mujeres ancianas. A la altura del siglo XVII, la ciudad de Córdoba, situada entre la sierra al norte y el río Guadalquivir al sur, vive en su mayor parte recluida en las ya ruinosas murallas medievales. Una capital muy grande, ciertamente, pero con edificios mediocres, calles estrechas y mala calidad en las construcciones. El estado de sus calles, recorridas en multitud de ocasiones por el Padre Cristóbal de Santa Catalina, era deprimente. En los días de lluvia, las calles quedaban convertidas en un barrizal, con sucios desagües que iban a parar a los caños que discurrían por las vías de la población y el depósito de escombros e inmundicias. Su trazado urbano presentaba una estructura laberíntica, fruto de la herencia medieval, con muy pocos espacios abiertos. Durante la segunda mitad del siglo XVII, la depresión y el estancamiento demográfico de nuestra ciudad constituyen su nota característica. Córdoba sufre los azotes de la peste y de las epidemias. Y ante este panorama, la silueta del Padre Cristóbal destaca por su entrega a cuidar y a preocuparse, primero, por la educación y la formación de los niños y, después, por la atención a tantas personas abandonadas y en la pobreza más absoluta. En contacto con la Hermandad de Jesús Nazareno, fundará la Congregación de las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, con el lema que el propio Jesucristo había susurrado al padre Cristóbal: «Mi providencia y tu fe mantendrán esta casa en pie».

Quizá hoy tendrían que surgir «siluetas» de la talla de san Juan de Ávila o del beato Padre Cristóbal, recorriendo de nuevo los caminos de una Andalucía que alberga en sus entrañas una fe que tiene que «vivirse y derramarse» a los compases de una sociedad totalmente distinta a la que ellos pertenecieron, y un cristianismo despojado ya de sus «viejas fórmulas», en buena parte obsoletas, para fijar su mirada en el Salvador del mundo, «alejándola» por coherencia con la fe, de los nuevos «ídolos» que se nos quieren «colar e imponer» como «salvadores» de esta nueva época «atronadora y desconcertante». Juan de Ávila se convirtió en apóstol de Andalucía, a la que enriqueció no sólo con sus palabras, sino con sus obras, creando centros docentes e impulsando la cultura de los valores del reino de Dios para transformar a la sociedad. Y el Padre Cristóbal de Santa Catalina, primero nos ofreció el ejemplo de su propia conversión personal, allá en la sierra cordobesa, y luego, bajó a la ciudad para «amar a un prójimo necesitado de ayudas eficaces y urgentes», a los acordes de una fe sustentada en la providencia. Dios sufre donde sufre el amor. Alguien dijo, Teresa de Calcuta, que «ser cristiano es convertirse para los demás en otro Cristo». Y lo mismo susurró el poeta Carlos Bousoño, en sus versos-plegaria: «¡Ser un instante luz, sólo un instante! / Sopla y enciéndeme, Señor, cual árbol resplandeciente / entre la noche oscura...».

*Sacerdote y periodista

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